Cuento | Los sapos de Oswaldo Ávila
Por Fernando Márquez Martínez
Un episodio de la vida real con tintes y desenlace novelesco
Oswaldo Ávila, siempre dormía a pierna suelta y no era un hombre madrugador. Sin embargo, el 14 de enero del año 2007, no espero a que se pegaran las sabanas y se levantó muy temprano. La verdad se levantó como a las tres o tres y media de la mañana. La verdad es que esa noche apenas si pudo pegar los ojos por ratos intermitentes, pues, se devano los sesos pensando en el examen que debía realizar ese día. “Un hombre soñoliento es un hombre sin aliento”, se dijo para sus adentros y en un brinco de saltimbanqui totumero se apeó de la cama, y para desplazarse ejecuto cinco pases de reggaetón, tres de champeta y dos de porro chiflao, se sobó delicadamente la barriga de medio metro de largo y exclamo: ¡Mierda, mas da el duro que el desnudo! Y se dispuso para viajar a Montería, ciudad donde se llevaría a cabo el examen para ingresar en propiedad a la carrera docente.
No por mucho madrugar amanece más temprano, se dijo mismo. Y para no despertar a su “pechichongona” como le decía a su consorte, salió del dormitorio a tientas en la oscuridad hasta la sala y encendió la bombilla que iluminaria el ambiente para acicalarse. De repente piso algo frio y gelatinoso. –Ay, mamita mía, ¿Qué es esta vaina? Fue lo único que alcanzo a decir ante tamaño susto. El automóvil que lo transportaría hacia Montería salió de Ayapel a las cuatro en punto de la madrugada, cosa que le permitió echarse un sueñito de dos horas y media en el trayecto, ya que el examen seria a las siete de la mañana. –No hay mal que por bien no venga, Chato, le dijo al conductor estirando los brazos al despertar y enseguida, acariciándose los cacheticos de osito de peluche comento a rajatabla: -Quien cobra por adelantado trabaja con lentitud, vas a llegar tarde amigo mío, chancleta al piso.
Después del examen llamo a su media naranja para informarle que se sintiera orgulloso de su diamante en bruto, pues, estaba seguro que aprobaría el examen, que serían muy felices y que comerían perdices. No había terminado de darle la buena nueva a su mujercita cuando entro en llanto y le dijo entre sollozos: ¡-Ay, mijo lindo! Para el problema que tenemos que resolver acá tu examen es insignificante. Te ruego por todos los dioses y por todos los santos que te vengas de inmediato. Después de pronunciar estas palabras no pudo continuar hablando por el celular, pero Oswaldo oyó con claridad lo que su “Chachi” decía con apesadumbrada: -Dios mío, ¿Por qué permites que hagan esto con nosotros, porque señor todo poderoso, porqueeeeee?
Como un guepardo africano en cacería puso pies en polvorosa llegando al pueblo en un santiamén. Ya en la bocacalle y a media cuadra de su casa oteo el panorama y vio un tumulto de gente apilonada en frente de la misma. – ¡Dios mío, ¿Qué estará sucediendo?, dijo sudoroso y jadeante enjugándose la frente con el dedo índice de la mano derecha.
A codazos y empellones se abrió paso ante el cumulo de gente que casi no lo dejaba entrar a la casa. Ya en el lumbral alcanzo a ver que a su pechiche cinco mujeres preocupadas la sostenían en una vieja “mariapalito” de madera de guayacán pintada de color café. Una de ellas, la más joven, le mantenía una bolsa de hielo en la cabeza y parecía como si la estuvieran coronando. Observo también que otras diez mujeres vestidas de color blanco regaban agua bendita por todos los rincones de la casa, y que tres “cátanos” de aspecto raro y con una vestimenta ridícula exorcizaban al unísono al momento que regaban incienso: -Saca señor con tu fuerza poderosa el espíritu maligno que ha entrado en este hogar. – Aleja padre toda mala intención que recaer sobre estos hijos tuyos. ¡Que salga el mal y entre el bien así como Jesús entró a Jerusalén. La Sangre de Cristo tiene poder, La Sangre de Cristo tiene poder, La Sangre de Cristo tiene poder, ¡Sácale señor a Oswaldo cualquier mujer que quiera interponerse ante tu sierva!
Oswaldo casi petrificado en el centro de la sala y con los ojos saliéndose de sus cuencos, en tono irascible y con las manos abocinadas alrededor de la boca interrumpió: calleeeeeeense, por favor, denme una explicación se los suplico, se los ruego buenos hombres, buenas mujeres. Apiádense de mí. Hay dioses del olimpo, no saben cuánto estoy sufriendo por esta causa que no conozco. ¡Por Dios, Por Dios!
Enseguida se arrodillo y empezó a rezar un salmo indescifrable que algunos correveidiles apoltronados en el cobertizo del patio creyeron que estaba hablando en lengua romance.
Uno de los hombres que entonaban un canto de monte como gregoriano, el más viejo que había venido a pie desde Nechí porque sus creencias no le permitían cuando hay ataque de espíritus malignos transportarse de otra manera, se postro a los pies de Oswaldo en tono suplicante: hijo mío, ¿Acaso no ves la gravedad de lo que ocurre en tu casa? ¿No te das cuenta de la cantidad de sal que te amaneció esparcida por toda tu casa? ¿No ves las figuras que se formaron por arte de magia negra? Luego, poniendo ante sus ojos un puñado de sal que había guardado en una bolsa de hoja de los mil árboles poderosos de las montañas para quemarla más tarde en un ritual de media noche, le indicó: ¿Mírala hijo mío!, tú no sabes de esto, es un maleficio de siete suelas y de gato negro espantadizo, es muy difícil expulsarlo de aquí por ahora, tenemos que esperar hasta dentro de diez años para sacarlo de la casa, por ahora, lo único que podemos hacer es mantenerlo neutralizado. Dios ten piedad de tu incrédulo cordero que pronto llegara al cadalso.
Oswaldo le interrumpió sin salir de su asombro, miro al brujo a los ojos fijamente y con mucha ira, lo agarro por el cuello, lo levanto en vilo y le gritó sosteniéndolo en el aire: ¡Cabrón de mierda!, te vas ahora mismo de mi casa con tus hechiceros si no quieres que los levante a plomo limpio. Y lo tiró contra la pared verdusca del comedor. Enseguida y con la rabia de un toro corniveleto le ordenó a los demás: Les ruego por lo que ustedes más quieran que se marchen enseguida, que se pierdan de mi vista. Y como recapacitando, agrego: les agradezco su solidaridad para con mi mujer, pero antes de que se larguen les quiero decir que la tal sal esparcida por toda la casa y con figuras inventadas en la mente de ustedes, no es más que la sal ahuyentadora que esta madrugada le eche al lomo de los 25 zapos que estaban aquí dentro protegiéndose de la divina providencia.
Tomado de la Revista Esta es Mi Tierra





