
Hace ya muchas décadas atrás, cuando la mayoría de los colombianos eran analfabetas y su población vivía en zonas rurales, saber leer y escribir se constituía en un signo de admiración entre lo pobladores, y ni que decir de los que alcanzaban a ser bachilleres, era toda una hazaña y el bachiller se consideraba el sabio de la comunidad a quienes todos consultaban y seguían sus consejos.
En este mundo rural de los años cuarenta y hasta bien entrados los cincuenta, y bajo la sombra de la violencia desatada por la muerte de Gaitán; se empezaron a tejer lo que más tarde serían las guerrillas, nacidas en la década de los sesenta en el interior del país, y que, gracias a la ineptitud del estado y las alianzas con el narcotráfico, aún persisten.
Y aunque han pasado más de sesenta años, y los caminos y pueblos de Colombia se han manchado de sangre, la espiral de muertes no cesa; ya que a las guerrillas se les suman otros grupos y clanes, que también contribuyen a que, a esta escalada infernal, no se le vea un punto final.
Después de tantas historias y de aguas pasando por debajo del puente de la turbulenta historia colombiana, un exguerrillero está en la presidencia, elegido democráticamente; tiene sus defensores y también no le sobran sus detractores, esto es lo habitual en el mundo político; lo que no es habitual y a ojos vista está, es el discurso manido y sesentero que el actual mandatario se empeña en usar, como si todavía estuviera en el monte agitando las banderas de la subversión, y no se hubiera percatado que ahora es el presidente y que debe gobernar para todos.
En cada discurso televisado del presidente, en sus eternos y fastidiosos consejos de ministros, pero, sobre todo en sus redes sociales; el mandatario destila toda su ideología fanática cargada de lucha de clases, tenencia de tierras; el señalamiento al empresario en contraposición con los empleados como si tuvieran que estar enfrentados siempre. Desconoce la independencia de poderes, desafiando a las cortes y al congreso. Denigra de la oposición lanzando ataques personales en contra de quienes osan estar en contra de sus políticas de gobierno.
El país, como nunca antes, se encuentra polarizado, dividido y sin duda alguna, el discurso incendiario del presidente tiene mucho que ver. Colombia ya no es rural, la mayoría de su población está alfabetizada y son muchos los que han pasado por universidades y tienen títulos de magísteres o doctores. Ese discurso divisorio y polarizador, cargado de odio falta a la verdad y al respeto de todos los colombianos que, lo único que quieren es, que los dejen vivir tranquilos, tener un trabajo estable que les de para vivir y progresar; habitar en entornos seguros para ellos y sus familias; poder tener un sistema de salud que los atienda cuando enfermen y que, cuando lleguen a viejos, tengan una pensión que les compense sus años de esfuerzo. Lastimosamente, y en menos de dos años, todo esto se ha ido perdiendo y ha sido remplazado por la zozobra y la incertidumbre.
Colombia y los colombianos merecemos respeto.


