
Por estos días, ver a Luis Díaz en medios y redes es asistir a una escena repetida: crítica… gol. Crítica… asistencia. Más palo… y otra vez Lucho resolviendo, brillando.
Lo hizo esta semana ante el Real Madrid, en Champions, minuto 88, partido grande, escenario grande. Pero aquí, en vez de quedarnos con eso, muchos opinadores activan su sonsonete: “no jugó bien”, “no apareció”, “estaba perdido”. Y entonces el guajiro aparece. Define con calidad. Tapa bocas. Pero las bocas se vuelven a abrir.
La comunicación deportiva —lo han señalado estudios sobre narrativas mediáticas— no solo describe el juego, también construye percepciones sobre quién es figura. Y en Colombia, el relato sobre Lucho parece venir siempre con un “pero” incorporado.
El periodista Félix de Bedout lo dijo: en Colombia hay gente que detesta el éxito. Y sí, cuando uno ve la conversación alrededor de Lucho, cuesta llevarle la contraria.
Hablamos de un jugador que no solo brilla en Europa, sino que responde la Selección: goles determinantes ante Brasil y Argentina, apariciones clave en Eliminatorias y Copas América. No estamos ante un jugador del montón; estamos ante un futbolista de élite. Y, aun así, seguimos en la búsqueda obsesiva del defecto.
El contraste con otras culturas futboleras es evidente. El colega Eduardo Gómez lo explicaba así: en Argentina, cuando gana el Aston Villa, titulan “ganó el Aston Villa del Dibu Martínez”. Pero cuando pierde —incluso con errores del Dibu— el titular cambia: “perdió el Aston Villa de Emery”. Eso es protección del relato.
Aquí, en cambio, pareciera que necesitamos que el nuestro esté siempre en deuda para que el análisis suene distinto y genere alcance. Y no quisiera pensar —aunque a veces asome— que en ese juicio también se nos cuela algo de regionalismo.
Pero hay voces que ponen las cosas en su lugar. El maestro Hernán Peláez lo dijo con claridad: hoy por hoy, Luis Díaz es el referente del fútbol colombiano. Sin que eso signifique que él solo nos vaya a hacer campeones del mundo.
No podemos pasar de la crítica permanente a la exigencia imposible. Convertir en fracaso todo lo que no sea ganar el Balón de Oro o un Mundial sería, además de injusto, absurdo.
Entre una cosa y la otra hay algo básico: disfrutar el presente. Chévere ¿no? En un país donde no abundan figuras globales, tener a un jugador decisivo en el Bayern, protagonista en Champions y determinante con la Selección es extraordinario. Más aún si es ejemplo de vida.
Tal vez el problema no es Lucho. Tal vez no sabemos qué hacer con el éxito cuando sí es nuestro.
Y mientras lo resolvemos, él seguirá haciendo lo suyo: aparecer cuando el partido se calienta… y responder, como mejor sabe, con goles y magia.
*Jefe de programa Comunicación Social – Unisinú




