OPINIÓN

Opinión | Elecciones presidenciales: un acto de creencia racional

Por: Sofía Esteban de León

En tiempos de incertidumbre, las elecciones presidenciales se convierten en mucho más que un ejercicio democrático: son un espejo de lo que somos como sociedad y, sobre todo, de lo que aspiramos a ser. Hoy, el país se mueve entre dos fuerzas poderosas y, a veces, contradictorias: la esperanza y la expectativa.

La esperanza nace de la necesidad profunda de cambio. Es esa convicción silenciosa de que las cosas pueden hacerse mejor, de que es posible cerrar brechas históricas, fortalecer las instituciones y construir un futuro más justo. La esperanza no siempre se sustenta en certezas; muchas veces se alimenta de anhelos, de promesas y de la voluntad colectiva de creer que el próximo gobierno puede marcar un nuevo rumbo.

Por otro lado, la expectativa es más exigente. No se conforma con discursos ni con buenas intenciones. La expectativa observa, compara, mide y cuestiona. Es el filtro crítico del ciudadano que ya no quiere repetir errores del pasado, que exige resultados concretos y que entiende que gobernar implica responsabilidad, coherencia y capacidad real de ejecución.

En ese delicado equilibrio se juega el verdadero sentido de estas elecciones. Cuando la esperanza supera a la expectativa, corremos el riesgo de caer en la ingenuidad. Pero cuando la expectativa aplasta toda esperanza, aparece el escepticismo que paraliza y desmoviliza. El desafío está en encontrar un punto medio: creer, pero con criterio; confiar, pero con vigilancia.

El momento que vive el país exige ciudadanos más conscientes y menos emocionales, más informados y menos polarizados. No se trata solo de elegir un nombre, sino de evaluar proyectos de país, trayectorias, equipos y la viabilidad de las propuestas. La democracia no se fortalece con aplausos ciegos ni con rechazos automáticos, sino con participación y reflexión crítica.

Las elecciones presidenciales son, en esencia, un acto de fe racional: una apuesta por el futuro basada en lo que vemos hoy. Y en esa apuesta, cada voto lleva consigo una mezcla de ilusión y exigencia.

La historia reciente ha dejado una lección clara: los discursos que apelan únicamente a la emoción pueden ganar elecciones, pero no necesariamente logran sostener gobiernos eficaces. Hoy, Colombia enfrenta desafíos estructurales que no admiten  improvisaciones:  seguridad,  crecimiento  económico,  desigualdad  y confianza institucional. Frente a esto, la esperanza es legítima, pero debe estar acompañada de responsabilidad política.

El votante ya no es el mismo de hace una década. Es más crítico, más informado y también más impaciente. La expectativa ciudadana ha subido de nivel: no se trata solo de cambiar, sino de saber cómo hacerlo, con qué equipo, con qué recursos y en qué plazos. Gobernar no es narrar el país que soñamos, sino administrar el país que existe

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