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Crónicas del San Jorge | Extractos inéditos de un cordobés ilustre

Carlos Adoldo Urueta, un dechado de virtudes

Por: Johnny de la Ossa B.

Cuando el berenjenal de las pasiones políticas reduce la historia a un insulso juego para establecer la certeza del territorio que parió a un hijo ilustre, acudo a la repisa de mi párvulo archivo, que guarda la memoria de un cordobés ilustre: sanjorgiano y ayapelense, para más señas. Luego, desempolvo páginas y me deleito al encontrarme con el personaje de marras de esta crónica: Carlos Adolfo Urueta, quien, siendo niño, recorría a lomo de mula las sabanas del viejo Bolívar junto a su hermano y a su padre, el benemérito Rufo Urueta, tal como lo consigna Mi Memoria, el diario de Manuel García Martínez, «Málaga», en sus anécdotas personales. En las páginas 22 a 24 de dicho texto, se detalla el largo trayecto que transitaban desde Ayapel hasta Sampués. El pequeño Urueta, años más tarde sirvió de conducto para que Málaga conociera en Corozal al general Rafael Uribe Uribe.

El Documento político y militares relativos a la campaña del general Rafael Uribe Uribe (1904), de autoría del general Uribe, es una muestra como la desgracia, para bien o para mal, provoca un giro en el destino. Así ocurrió en una escaramuza de la Guerra de los Mil Días cerca de Juan Gordo, hoy corregimiento de Granada, en el departamento de Sucre. Samuel Pérez, un jovencito de la guerrilla liberal, cayó herido de bala en una pierna y murió de gangrena tras negarse a recibir tratamiento o a ser amputado.

La muerte de Samuelito —como le decían al joven dicharachero que, además, era bravo para guerrear— asestó un duro golpe al ánimo del general Rafael Uribe Uribe. Desde entonces, jamás logró hablar de él sin que se le resquebrajara la voz. Frente a esta situación, el general le pidió al general César Díaz-Granados que, desde Cartagena, reforzara su tropa con nuevos reclutas voluntarios. Así lo hizo y así llegó en una cuadrilla el ayapelense Carlos Adolfo Urueta, recién egresado como abogado y de quien Ramón Rosales, en su obra Carlos Adolfo Urueta: Rasgos biográficos, relata que era «… de figura atractiva y noble, bien parecido, correcto en todo», pág. Agrega: «Días más tarde, se convirtió en el secretario privado de Uribe Uribe». Prosigue el relato de Rosales: «… siguió en las trágicas peripecias de la lucha, intrépido y sereno, cargando en la batalla con el mismo arresto de oficiales arrojados como Arturo Carreño, Manuel José Nieto o Leandro Cuberos Niño».

Cuadro que aparece en el mausuleo del Banco de la República.

Al principio, la simpatía de Uribe por el joven Urueta era escasa, situación que aprovecharon rivales como el general Carreño para sembrar cizaña en su contra. La prueba de fuego no tardó en llegar, y el arrojo del recién llegado desarmó las críticas; entonces, el rechazo inicial se convirtió en admiración. Pese a su inexperiencia, Urueta demostró una madurez excepcional: poseía el don del consejo y una serenidad envidiable para analizar, como pocos, las situaciones más adversas. Atributos que le permitieron orientar al general Uribe sobre la necesidad de poner fin a ese período sangriento. Dotado de plenos poderes por el general para negociar la paz, logró la firma del Pacto de Neerlandia y alcanzó una paz con seriedad y garantías, tal como lo reseña la obra Documentos militares y políticos: Versión liberal de la Guerra de los Mil Días.

Concluida la guerra, Uribe Uribe y Urueta se trazaron la osadía de reconstruir el desvanecido y derrotado Partido Liberal. En la casa del general en Bogotá, los dos diseñaron planes por el bien del Partido y del país. En esos ires y venires floreció Cupido para flechar el corazón de la hija del general, María Luisa Uribe Gaviria, con el del ayapelense, para estrechar el vínculo entre las dos figuras liberales por la nueva afinidad mezclada por el juego estimulante de virtudes. En 1914, Urueta secundó a su suegro para concretar una alianza inusual con el candidato conservador José Vicente Concha, en contra de sus copartidarios, pero a favor de sus seguidores y de sus planes. Dicha coalición, bautizada como El Bloque, resultó victoriosa. Concha fue elegido presidente.

Lo peor llegó el 16 de octubre de 1914: el asesinato del caudillo, que dejó al liberalismo huérfano de líder. Detalla Luis Zea Uribe en su obra Los últimos momentos de Uribe Uribe que «… el doctor Carlos Adolfo Urueta, hijo político del general, se hallaba sobre el lecho antes de fallecer, abrazaba amorosamente al herido y lloraba como un niño». Este sorpresivo magnicidio golpeó a la colectividad por el trágico sino de quien se perfilaba como el próximo mandatario. La Convención Nacional, ante la eventualidad, lo eligió como uno de nuevos directores en compañía de Fabio Lozano Torrijos y Laureano García Ortiz.

Carlos Adolfo Urueta, izquierda, y Rafael Uribe Uribe. Foto tomada del blog de Edgar Alfonso Toro Sánchez.
Carlos Adolfo Urueta, izquierda, y Rafael Uribe Uribe. Foto tomada del blog de Edgar Alfonso Toro Sánchez.

En 1917, el presidente Concha nombró a Urueta como embajador plenipotenciario ante los Estados Unidos. Recompuso las agrietadas relaciones a raíz de la separación de Panamá y generó, por primera vez en la Casa Blanca, una sensación de confianza. Urueta empezó a darle al país una nueva expresión internacional, tal como lo detalla Ramón Rosales (op. cit.) al transcribir las palabras del presidente de la época sobre la gestión desarrollada en Washington: «… con inteligencia, un tacto y un decoro, que hacen el conjunto de sus gestiones una de las páginas más honrosas de la historia diplomática de Colombia», y agrega: «Algún día llegará que el Gobierno de la República consagre un testimonio expreso y público del reconocimiento nacional para aquel eminente ciudadano, cuyo esfuerzo dio para Colombia resultados de inmenso beneficio en su política exterior», pág. 14.

Al hojear mi archivo, encontré una curiosidad en el prólogo del libro Antolín Díaz en Magangué —escrito por el historiador Rodrigo Llano Isaza y de autoría de Albio Martínez Simanca—, un párrafo que dice: «Una parte desconocida de la historia colombiana es la que refiere Antolín sobre la labor de Carlos Adolfo Urueta como embajador en Washington. Afirma que, gracias a él, San Andrés y Providencia no corrieron la misma suerte de separación que Panamá» pág. 20. Intrigado, esculqué en el Boletín de Historias y Antigüedades de la Academia Colombiana de Historia (Vol. XC No. 823 de diciembre 2003) y encontré en su página 742 lo siguiente: «Todavía en 1917 el tratado Urrutia-Thomson seguía inmóvil en el Senado de los Estados Unidos. Los senadores republicanos lo habían impugnado en su totalidad. Ahora, querían tener las islas de San Andrés y Providencia, los cayos y un paso futuro para construir un Canal, para no dejarlo construir o “para cualquier otra cosa”, como decían». Más adelante, en otros apartes del documento, corroboré que, la actuación de Urueta como embajador evitó que Estados Unidos se apoderara del archipiélago de San Andrés y Providencia. Hago un paréntesis para señalar que, después de ejercer la embajada en los Estados Unidos, Carlos Adolfo Urueta llegó a Ayapel en compañía de su esposa para visitar a su pueblo natal. Este testimonio lo recojo del libro de Antolín Díaz, Sinú, pasión y vida del trópico (1935), págs. 174-175.

Otra faceta desconocida de nuestro personaje era su experticia en asuntos bancarios. Gracias a él, se evitó el colapso financiero del país después de la quiebra del Banco López en 1923. Por esta razón el Gobierno del presidente Pedro Nel Ospina, siguió sus insinuaciones y las del profesor Kemmerer, para crear el Banco de la República. El Decreto 1031, del 16 de julio estableció su Comité Organizador, integrado por Urueta y los señores Gabriel Posada Villa, ministro del Tesoro, Manuel Casablanca, Sam B. KoppeL y Félix Salazar. Otro testimonio reposa en el libro Kemmerer y el Banco de la República. Diarios y documentos, donde se registra la actuación de nuestro coterráneo y se certifica su autoría en la escritura de creación de esta institución. Antes de dichos sucesos, este cordobés ilustre había sido designado ministro de Relaciones Exteriores entre 1921 y 1922 por el presidente encargado Jorge Holguín Mallarino, quien, en su calidad de ministro de Guerra en 1898, había apresado al suegro de Carlos Adolfo.

El mandatario liberal Enrique Olaya Herrera lo nombró en 1931 ministro de Guerra. Entonces, la prensa liberal, representada por El Espectador y El Tiempo, y un sector de la sociedad bogotana comenzaron a vislumbrarlo como el futuro presidente, motivo por el cual comenzaron a atacar a Olaya Herrera. No solo rechazaron de manera pública al doctor Urueta, sino que, sin ningún recato, se presentaron al Palacio para protestar por el nombramiento en términos considerados por el presidente Olaya como desobligantes, al punto de amenazar con renunciar. «Si yo no puedo con mis odios, ¿cómo quieren que me haga cargo de los suyos?»: le dijo Olaya a don Fidel Cano, el director de El Espectador. Con poco menos de tres meses de estar en ejercicio de sus funciones, Carlos Adolfo Urueta fue hallado sin vida el domingo 13 de septiembre de 1931. Gran parte de los círculos sociales y políticos del país rumoraban que el repentino fallecimiento debía ser ocasionado por un plan macabro para evitar que el insigne provinciano del Caribe llegara a la presidencia. Todo ocurrió en el preciso momento en que Olaya Herrera lo iba a postular para la Designatura Presidencial, el equivalente actual a la Vicepresidencia.

La prensa de la época reflejó la magnitud del acontecimiento. «La conmoción en Bogotá no tiene antecedentes», tituló en su primera página El Diario, al informar que más de cien mil personas acompañaron el sepelio del preclaro ayapelense que estuvo cerca de ser presidente. En esos momentos, las flores en Bogotá se agotaron. Una escuadrilla de aviones de la Fuerza Aérea sobrevoló la carrera séptima mientras arrojaba flores sobre el féretro, que era cargado por los ministros al compás de la Banda Marcial del Ejército, la cual interpretaba las notas tristes de El compañero. Durante el acto, la oración pronunciada por el presidente Olaya Herrera ante la tumba provocó lágrimas en los presentes, incluso en el monseñor Perdomo. La muchedumbre ovacionó durante veinte minutos el discurso del presidente.

Portada del periódico El Diario informando sobre el fallecimiento de Carlos Adolfo Urueta. Tomado del archivo digital de El Diario
Portada del periódico El Diario informando sobre el fallecimiento de Carlos Adolfo Urueta. Tomado del archivo digital de El Diario

No podría terminar este coloquio sin citar del libro Reconstruyendo Nuestras Historias, Vol. (2024), un capítulo del historiador Alexis Jattin, quien describe en la página 45 facetas inéditas de nuestro personaje: se formó como bachiller del Colegio Mayor del Rosario en Bogotá, obtuvo el título en Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional y se especializó en Derecho Civil de la Universidad La Sorbona de París. Desde la capital francesa se trasladó a Londres (Inglaterra), donde se graduó en Derecho Internacional e Historia. Siendo presidente de Colombia Carlos E. Restrepo, añade Jattin, fue nombrado embajador ante el Gobierno de Inglaterra en el año 1912. Como dato adicional, fue con Gabriel Ortiz director de la Revista Nacional de Agricultura y representante de Colombia en la Conferencia Internacional de Trabajo, en Washington, en 1919.

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