Espiritualidad | ¡Aprender a soltar!

Si queremos ser libres de verdad es preciso dejar ir lo que ya no nos pertenece. Debemos desapegarnos de aquello que nos tiene sumergidos en la monotonía, entre otras cosas, para flexibilizar nuestra mente y dejar que la esencia del alma fluya y nos permita crecer. No tengamos miedo de dar ese paso, miremos al frente con optimismo.
No sabemos conjugar el verbo ‘soltar’ y tampoco nos hemos acostumbrado a ‘dejar ir’; esas son las acciones que menos solemos hacer. Si las practicáramos más a menudo, podríamos desterrar remordimientos, rencores, culpas, ocupaciones o compromisos que nos atan y que no nos permiten evolucionar.
Lo peor es que somos tercos y no somos capaces de pasar la página de todo aquello que ya no tiene razón de ser en nuestra vida. Tal vez eso se da porque vivimos muy pendientes de aferrarnos a lo que hemos ganado, sin darnos cuenta de que en realidad muchas cosas nos sobran.
¿Qué sacamos con apegarnos al ayer, a esa gente que ni siquiera se interesa por nosotros o a nuestras zonas de confort?
De manera desafortunada nos resulta difícil dejar atrás algunas situaciones vividas, incluso episodios tristes, negativos y dolorosos. También nos complicamos atándonos a recuerdos que nos evocan situaciones halagüeñas o satisfactorias, las cuales nos hacen decir y creer, de manera errada, que todo tiempo pasado fue mejor.
Nos corresponde asimilar que, querámoslo o no, nada es permanente y por ende todo cambia; y ante ello la única opción es adaptarnos para que todo fluya con normalidad.
Si optáramos por liberarnos de esas cosas que insistimos en tener atrapadas en la jaula de nuestra mente, le abriríamos campo a muchas bendiciones que nos pueden llegar si tuviéramos el espacio y el tiempo necesarios para contemplar opciones distintas.
No estoy hablando de soltar el trabajo, ni de mucho menos de dejar tirado todo de buenas a primeras; de eso no se trata este texto.
La propuesta consiste en realizar el sano ejercicio de aliviar las cargas soltando tantas maletas que cargamos y que son como ‘micos’ pegados a nuestra espalda.
Deberíamos ser más agradecidos por la oportunidad que Dios nos da cada día de recomenzar.
¡Soltemos la necesidad de que todo sea perfecto! Nada ganamos con ese afán de controlar cada uno de los aspectos de nuestro día a día.
¿Para qué mantener el don de mandar a otros? ¿Qué sacamos con estar amarrados a un libreto rígido y tedioso?
¡La vida es más que eso!
No nos aferremos tanto a los egos, no pretendamos tener siempre la razón, sepamos guardar silencio cuando corresponda y dejemos esa imperiosa idea de querer descrestar a los demás por lo que tenemos.



