JUDICIAL

Crónica | Furia y venganza

Por: Bernardo José Rivero Ramos*

La Policía capturó a Julián Alfonso Algarín, el más inocente de los ciudadanos de Santo Domingo de la Estación. Acababa de salir de Misa de seis, cuando vio la turba. El Padre Benito, ante la ruidosa manifestación, había acelerado la terminación del culto y se disponía a cerrar la Iglesia. El sacerdote al despedir a los feligreses, recomendó se fueran de inmediato para sus casas. Sin embargo, Julián corrió hacia donde estaban los revoltosos. Era el 8 de noviembre de 1.962.

La tensión se había apoderado del pueblo desde que se empezó a aclarar el run run sobre la desaparición del ganadero Justiniano Sierra, que había salido en la mañana del sábado, hacía ya quince días, a liquidar las utilidades de una compañía que tenía con el cachaco Luis Carlos Rúa y desde ese día no se supo más de él.

Don Justiniano había dejado en compañía cerca de 300 reses de doble propósito a su socio, con el compromiso de dividir utilidades cada seis meses, o bien en ganado o en dinero. Había transcurrido cerca de 9 meses sin que la operación se efectuara y estaban a punto de completar la segunda liquidación. Rúa venía evadiendo el compromiso.

El domingo, Luis Carlos Rúa, después de salir de misa de seis, visitó a una hermana de don Justiniano, Ana Victoria. Luego de un desayuno ofrecido por la anfitriona y de charlas informales, preguntó por su socio.  Ana le devolvió la pregunta, indicándole que el día anterior había salido para su finca. Rúa, socarronamente, le dijo que si no sería que había viajado para Medellín con la platica que le había entregado, producto de la liquidación y que quizás con esos recursos se fue a pasar bueno unos días a la ciudad. Ana Victoria le replicó en forma vehemente que su hermano no era una persona irresponsable, ni botarate, que de un momento a otro no iba a tomar un dinero para ir a parrandear y mucho menos a una ciudad como Medellín que ni siquiera conocía; que él era muy pueblerino, que sólo en corralejas y Navidad sacaba un ratico para la diversión. Y le sentenció, “ya eso está en manos de ley”.

Cinco días después de la desaparición de don Justiniano, Ana Victoria fue hasta la Estación de Policía a informar el hecho. El Comandante Algiro Sanabria le tomó la denuncia y la remitió al Juzgado promiscuo Municipal. El Juez, solicitó al DAS de Montería, la designación de un cuerpo de investigadores.

El grupo fue dirigido por el agente Jorge Rubiano, un boyacense afamado por su eficiencia para resolver los casos más difíciles en el bajo mundo.

Las pesquisas iniciales las realizó en el comando de la Policía, discretamente, con familiares y amigos cercanos del ganadero. Tres días después, fue, con sus agentes, hasta la finca “Loma Linda “a entrevistar al cachaco Rúa, pero al llegar sorpresivamente encontraron solo al mayordomo a quien conocía como “El Indio”.

En las primeras indagaciones, observaron que estaba nervioso. Sin fórmula de juicio, lo esposaron y se lo llevaron para Montería a un interrogatorio. Ya el ganadero Luis Carlos Rúa había viajado dos días antes para la vereda Providencia, por lo que no pudo percatarse de la captura de su empleado.

Rafael Solipá, “El Indio”, ante la presión de los investigadores, soltó perla.

Confesó que el señor Sierra había estado, efectivamente, ese sábado, pero que su patrón tan pronto llegó lo convidó a revisar un cercado de alambre en los potreros. Debía ser las ocho y media de la mañana. Que don Luis Carlos regresó solo, poco después del mediodía y le ordenó comprar en el pueblo, dos galones de gasolina. Que a su regreso se los entregó y don Luis Carlos nuevamente salió para los potreros con el encargo. Volvió por la tardecita, sólo, cenó y se acostó temprano.

Rubiano empezó a armar las piezas del rompecabezas.

Los del DAS regresaron con él a la finca y le exigieron los acompañara a un recorrido por los potreros. Cuando la búsqueda parecía infructuosa, uno de ellos observó que había una tierra removida donde habían sembrado un árbol “nacedero” en un alambrado. Los agentes fueron hasta la casa por barretones y palas, excavaron en el lugar y encontraron una escena bastante macabra.

Los sabuesos desenterraron un saco, que expelía un olor nauseabundo y se dieron de cara con restos en descomposición de un ser humano y un burro. Ante el hallazgo procedieron de inmediato a la identificación del cadáver y luego de la confirmación de Solipá, hallaron la cédula de don Justiniano. El occiso presentaba varias lesiones producidas por arma blanca, larga, recta y cortante, en el cuello, parte posterior y otras en el cuerpo, por lo que se dedujo inicialmente que el asesino pudo propinarle por la espalda su ataque.

Los agentes del DAS consideraron la hipótesis que el homicida, luego de perpetrar el hecho, cortó las ramas de un árbol, excavó una fosa de unos dos metros, aproximadamente, al lado de un poste de soporte para cercado de alambres de púas. Se cree que de inmediato procedió a darle muerte al burro que se encontraba pastando en el lugar. Posteriormente vertió gasolina sobre los dos cuerpos, los incendió y esperó un tiempo prudencial para empacarlos, no sin antes picarlos para que cupieran en el costal.

El asesino enterró en la fosa los dos cuerpos, los cubrió con la tierra excavada y fijó el “nacedero” que había cortado del árbol. Todo bien acomodado, de tal manera que con ello mimetizaría la escena del crimen.

Sin mucho esfuerzo, el teniente Rubiano ató cabos, con los elementos probatorios obtenidos y endilgó inicialmente la responsabilidad de la desaparición y asesinato de don Justiniano Sierra, a su socio.

Montaron el operativo y lo capturaron regresando de la vereda Providencia a las 11:55 de la noche, en su finca. Luis Carlos Rúa guardó silencio y fue trasladado hasta los calabozos del puesto de Policía de Santo Domingo de la Estación. Habían transcurrido 11 días de la desaparición de don Justiniano. Al día siguiente fue puesto a disposición del Juzgado Promiscuo Municipal, con un informe detallado de Rubiano, sobre los hechos y las razones de considerar a Rúa como el principal sospechoso del macabro asesinato.

Rafael Solipá fue puesto en libertad, más por colaboración a la justicia, que por estar libre de sospechas. Al teniente Rubiano le asaltaba la duda que Luis Carlos Rúa perpetrara ese crimen, en las circunstancias de tiempo, modo y lugar descritos, sin contar con un cómplice.

Apoyado con una nueva orden de captura, el oficial regresó a la finca “Loma Linda” para hacerla efectiva contra Rafael Solipá, pero ya “El Indio” se había fugado. Nunca más se supo de él y tiempos después algunas personas indicaban que se pudo haber ido para Venezuela.

Mientras tanto, en el pueblo empezó a circular la versión que el capturado, Luis Carlos Rúa, estaba planeando su fuga, con el apoyo de algunos amigos ganaderos y comerciantes y el soborno a las autoridades de Policía. Se decía que disponían de un vehículo propiedad de un comerciante, para sacarlo a media noche de su celda y transportarlo a lugar seguro para que continuara su huida.

El pueblo, no sólo indignado por los hechos, pues don Justiniano era un personaje muy apreciado en la comunidad, sino por el cuento de la posible fuga de Rúa, empezó a urdir un plan para hacer justicia por sus propias manos, instigado por algunos líderes. Varios ciudadanos empezaron a montar guardia y en la madrugada de aquel domingo, notando que era inminente el plan del sindicado, activaron la alerta y a las 5:00 de la mañana, aproximadamente, la horda irrumpió en las instalaciones de Policía “para aplicar su ley”.

Uno de los que comandaban la revuelta alcanzó a ver a Rúa escondido detrás de una puerta, ya fuera de la celda y dispuesto a salir huyendo hasta el lugar donde sus cómplices lo esperaban y con un rápido movimiento lo impactó con un escombro de ladrillo, al tiempo que azuzaba a la turba. Rúa cayó al suelo seminconsciente y de allí fue lanzado a la calle, donde fue golpeado inmisericordemente por los enardecidos protestantes.

Lo arrastraron por varias calles, lo llevaron hasta el parque principal, al tiempo que lo linchaban con piedras, palos y a puntapié por los furiosos habitantes del pueblo. Luego de consumar el hecho alguien gritó que venía la Policía de Montería.

La Fuerza Pública llegó en cinco camiones totalmente fletados y con armas de largo alcance, dispuestos a conjurar la revuelta; y, en una rápida acción, realizaron redadas en el parque principal y alcanzaron a retener cerca de 40 personas, entre ellos Julián Alfonso Algarín que salía de misa de seis y que, por supuesto, nada tenía que ver con los hechos.

Los capturados fueron llevados al comando departamental de Policía y pocos meses después, ante la falta de pruebas para incriminarlos, fueron dejados en libertad, por parte del Juzgado encargado del proceso.

El pueblo había cobrado venganza de un hecho que los había consternado enormemente.

Medellín, Mayo 26 de 2021.-

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