Espiritualidad | ¿Estamos enojados con Dios o con nosotros mismos?

¿Qué culpa tiene Dios de las consecuencias de nuestras salidas en falso? Debemos ser responsables de las decisiones que tomamos.
Cuando afrontamos adversidades o vivimos momentos de angustia, de manera desafortunada, preferimos alejarnos del Señor y en algunos casos nos volvemos escépticos de su Misericordia.
¿Por qué nos pasa eso? ¿Por qué nos desconectamos tanto de Dios cuando algo se nos sale de control?
Tal vez sea porque consideramos que la vida tiene que ser ‘fácil’ y, en cierta medida, nos sentimos decepcionados porque supuestamente Él no pudo evitar que algo ‘malo’ nos ocurriera.
Esa falta de entendimiento por la que estamos pasando nos hace sentir derrotados y disgustados con el Ser Supremo.
Lo peor es que, dominados por ese injustificado enfado, terminamos tomando decisiones que no son sanas y optamos por andar por la vida furiosos, rencorosos, llenos de soberbia y sin una gota de perdón.
Ojo: cuando nos distanciamos del Creador caemos en una desorientación que nos debilita y nos hace perder nuestra capacidad de resiliencia.
La verdad es que lo ‘malo’ que nos pasa no tiene nada que ver con Dios. La habilidad para controlar las circunstancias y la manera como cada cosa nos afecta no es una responsabilidad del Señor, sino de nosotros.
Decimos que estamos enojados con Dios, pero en el fondo no estamos lidiando con Él sino con nuestras propias salidas en falso, con la falta de control y con el poco dominio que tenemos sobre los acontecimientos adversos en los que estamos inmersos.
A veces la ecuación que planteamos es muy ‘cómoda’: cuando protagonizamos cosas buenas, a menudo nos las atribuimos a nuestros propios logros; y cuando nos pasan cosan malas, somos muy diligentes para culpar a Dios por no haberlas evitado.
Es un grave error que pensemos así. No podemos creer que somos inmunes a circunstancias desagradables.
Ciertamente hay cosas qué aprender de cada situación y, en lugar de estar furiosos con Dios, debemos encontrar las lecciones que nos corresponde asumir de cada hecho.
Además, las pruebas no significan que estemos siendo castigados por el Creador; casi siempre ellas son solo los efectos secundarios de esta vida terrenal.
Es hora de entender que somos dueños de nuestras propias decisiones y, en ese orden de ideas, Dios jamás nos obligará a tomar por determinado camino, pues siempre respetará nuestra libre elección más allá de que esa decisión que tomemos nos arroje a la desesperación.
Él siempre estará a nuestro lado para tratar de guiarnos y nos dará pistas de cómo actuar; pero finalmente somos nosotros quienes tomamos las rutas definitivas.
Siempre he creído que si actuamos de manera correcta y nos dejamos llevar por la intuición y por la Voluntad de Dios, tarde o temprano todo tendrá el sentido que la vida nos quiere dar.
No nos enojemos más con Dios; es mejor derramar nuestros corazones ante Él en oración y, por supuesto, pedirle sabiduría y entereza para saber cómo reaccionar ante las circunstancias.
Si alguna vez siente que se aleja de Dios, haga todo lo posible para reconectarse con Él. Y para recuperar tal conexión, debe identificar dónde y qué lo alejó de su vida.
Ojo: una conexión con Dios debe ser de corazón, ella no es forzada sino inspiradora.
Utilice la herramienta de la oración meditativa, espontánea y tradicional. Jesús quiere que eleve una plegaria antes de toda cosa que haga y que recuerde que el arte de conversar con Él siempre le traerá paz y equilibrio de una manera efectiva.
Mediante una limpieza mental y física y a través de un proceso de arrepentimiento, de perdón y de fe usted podrá recibir las mil y una bendiciones del Creador.
Por último quisiera sugerirle que vea a Dios en todas las cosas: las pequeñas y las grandes, las sencillas o las increíbles. ¡Y le reitero que siempre Dios está ahí a su lado y en todo lugar!
Por: Euclides Kilô Ardila


