No es un amigo virtual: miles de adolescentes buscan ayuda mental en IA que no está preparada
Cada vez más adolescentes recurren a chatbots como ChatGPT o Replika para hablar de ansiedad, soledad e incluso pensamientos suicidas. Pero estos sistemas no son terapeutas, y en momentos críticos pueden dar respuestas peligrosas.

En la penumbra de una habitación, un adolescente escribe en su celular: “Me siento solo, nadie me entiende”. La respuesta llega al instante. No es de un amigo, ni de un adulto. Es de un chatbot de inteligencia artificial. Para millones de jóvenes, estas herramientas se han convertido en confidentes nocturnos: siempre disponibles, sin juicios, sin interrupciones.
Una encuesta de Common Sense Media reveló que el 72% de los adolescentes estadounidenses han usado IA conversacional, y casi una de cada ocho ha buscado apoyo emocional o de salud mental en estos sistemas. En estudios con usuarios de Replika, un cuarto de los jóvenes dijeron que acuden a su chatbot cuando están mal. Y no es solo en EE.UU.: esta tendencia crece en todo el mundo, impulsada por la brecha en el acceso a terapia real.
El problema es que estos chatbots no están diseñados para ser terapeutas. Aunque a veces redirigen a líneas de ayuda, en otros casos dan respuestas inapropiadas. Investigaciones recientes muestran que, ante preguntas sobre autolesión, algunos ofrecen consejos como “cómo cortarse de forma segura” o qué incluir en una nota de suicidio. Otros, aunque evitan lo explícito, normalizan el sufrimiento sin proponer acción real.
La vulnerabilidad de los adolescentes agrava el riesgo. Sus cerebros aún están en desarrollo, especialmente en áreas de control emocional y toma de decisiones. Son más susceptibles a influencias, y menos capaces de distinguir entre una respuesta útil y una peligrosa. Además, muchos usan jerga (“delulu”, “skibidi”) que los chatbots no siempre entienden, lo que puede hacer que pasen por alto señales de alerta.
Aunque hay intentos prometedores —como Therabot, un chatbot validado que redujo ansiedad en adultos—, estos resultados no se trasladan automáticamente a los jóvenes. Por eso, expertos piden pruebas rigurosas, marcos regulatorios y sistemas de derivación a profesionales humanos. La IA puede ayudar, pero no debe reemplazar. Y mientras no haya reglas claras, millones de adolescentes seguirán confiando en máquinas que, aunque hablen con empatía, no sienten, no cuidan y no saben cuándo pedir ayuda.



