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Cuento | Ana Marcela soñaba con la nieve

Por: Bernardo José Rivero Ramos

“Está nevando afuera y todo está tranquilo y silencioso.

En esos momentos es posible creer que el mundo aún podría ser bueno”.

Richard Paul Evans.

Ana Marcela nació con la sonrisa enigmática de la Mona Lisa. Sus ojos color café y sus frágiles labios rojos, brillaron desde el mismo instante en que vino al mundo. Era diferente, nadie había nacido tan hermosa como ella. Su mirada revoleteaba permanentemente y pocas veces se detenía en algún lugar. Desde ese momento, todo en su vida sería impredecible.

Creció en medio de los cuidados y el amor de sus padres. Dio sus primeros pasitos a los nueve meses y pronunció la palabra “mamá” apenas en su primer año vida. Pero algo raro siempre se veía en la misteriosa niña. Nunca lloraba y tomó la manía de chuparse el dedo gordo de su pie derecho. De esa manera dormía.

El día que nació, 18 de enero, llovió un torrencial aguacero con nevadas, exactamente a las 6 y 25 de la mañana, hora en que culminó el proceso en la sala de maternidad del hospital y en que vio la luz por primera vez. Desde esa fecha y hasta sus 14 años, nevaba puntualmente a las 6 y 25 de la mañana en todos sus cumpleaños.

En su primer aniversario, despertó sobresaltada por el ruido de la lluvia, se levantó presurosa y antes que sus padres se percataran salió al patio tambaleante, con sus torpes y diminutos pasos, pero con una rara alegría. Empezó a jugar con la nieve, corriendo y saltando como si estuviera estrenando juguete y fue cuando se le escuchó por primera vez y repetidamente: “mamá, mamá”. Nadie explicaba el porqué de su alborozo y mucho menos el fenómeno natural, en un pueblo tropical y en una región donde nunca nevaba. Nuevamente pasó inadvertido el momento.

Sólo hasta el quinto año de aniversario sus padres cayeron en cuenta que siempre llovía a la misma hora y en la misma fecha. Ana Marcela se levantaba, jugaba con la nieve y eso le parecía el mejor regalo de cumpleaños.

Pero el día de su bautismo también nevó. Y no a las 6 y 25 de la mañana, sino a las 10 y 30, cuando el sacerdote le vertía agua bendita sobre su cuerpo. Repentinamente se fue oscureciendo, se vino un ventarrón y finalizó con la nevada, justo cuando terminó la ceremonia. “El agua es bendición”, dijo el prelado.

Ese día los padres de Ana Marcela le comentaron el extraño fenómeno de sus cumpleaños. El padre se encogió de hombros y con su acento español les dijo: “No os preocupéis, son coincidencias”.

Cuando entró a la escuela no solo fue una niña inteligente, sino muy sociable. Era el centro de atención de sus amiguitos. Dulce, encantadora, alegre, cariñosa y frecuentemente compartía pequeños detalles con ellos.-

A los 10 años ingresó a cursar la secundaria en un colegio de religiosos Católicos; allí conoció a Leonardo Luis. Leo, era tres años mayor que ella y provenía de una tradicional familia del pueblo. Pero a sus 13 años el amor nació, floreció y se quedó como un tatuaje indeleble entre los dos.

En un verano de diciembre, Leo terminó bachillerato y se fue a estudiar a la ciudad. Ana Marcela quedó sumida en el dolor de su ausencia; fueron tres años en que permanecieron unidos, enlazados por un amor que no daba treguas; se hacían promesas y todo era tan puro, casto, dentro de sus costumbres familiares religiosas, arropados por esa ternura juvenil de la época más feliz de la vida. Ella se formó el inquebrantable propósito que algún día estaría a su lado.

Ana Marcela, sintió esa relación extraña entre las repentinas nevadas de su cumpleaños y el deseo de ir algún día a un país donde se presentara el hermoso fenómeno natural en épocas de invierno.

Pronto cumpliría sus 15 años y su deseo no fue una fiesta, un regalo, sino su soñado viaje a un país nórdico.

Sería el 18 de enero. Pero pidió a sus padres un regalo adicional: Que Leo fuera con ellos.

Ambas familias se pusieron de acuerdo y viajaron a Noruega, tres días antes del onomástico.

Acamparon en una pequeña aldea, cerca de la zona nevada más famoso de ese país en épocas de invierno. Nadie explicaba el por qué una niña del trópico quería celebrar su quinceañero en medio de unas temperaturas tan bajas y en un lugar casi inhóspito. Ana Marcela desbordaba de alegría, mientras sus padres e invitados no soportaban el frío.

A las 6 y 25 de la mañana de ese 18 de enero, empezó a nevar, Ana Marcela agarró a Leo por la mano y en medio de gritos y cánticos de alegría, como un par de locos corrieron y corrieron tanto que se perdieron en medio de la neblina. Pese a las advertencias de los vigilantes de la zona que nadie podía salir de los campamentos, Ana Marcela y Leo, desafiaron el fenómeno natural y se fugaron.

Tres días duró la búsqueda. La pareja fue encontrada en un campamento cercano a la aldea.

Los pétalos de la flor fueron abiertos, en medio del frío y el inmenso amor de la pareja, que habían deseado el momento más sublime y fuera de lo común para ser felices. Tres días para saciar sus deseos. Sus locuras de amor, el idilio que quisieron materializar, lejos del trópico, lejos del calor, pero que hicieron de ese invierno la más hermosa de las primaveras que recordarían por el resto de sus días.

Leo se gradúo de ingeniero de sistemas, Ana Marcela terminó Diseño de interiores y Espacios y Tecnología en Administración. Ambos hace vidas normales, cada quien por su camino. Él es un prestigioso ejecutivo: ella labora en una reconocida empresa de servicios públicos estratégicos. Ana Marcela aún para dormir se chupa el dedo gordo de su pie derecho. Nunca más volvió a nevar el 18 de enero a las 6 y 25 de la mañana, solo quedan los bonitos recuerdos de aquel momento idílico. Los presagios del amor son impredecibles. Ana Marcela conserva la sonrisa enigmática de la Mona Lisa.

Medellín, Octubre 8 de 2021.

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