Espiritualidad | Torre de cartas
A veces tenemos las mejores ‘cartas de la baraja’, pero aún así perdemos la partida. En el ‘juego de la vida’ todos pasamos por ese tipo de situaciones.
Hay momentos en los que nos levantamos desanimados al no ver los resultados de nuestros esfuerzos diarios.
Así las cosas, nos ‘bajamos de nota’. A pesar de trabajar con dedicación y tesón finalmente comprobamos que hasta una brizna es capaz de mandarnos al piso.
Es como si nos esforzáramos por construir un castillo de naipes y justo cuando estuviéramos acabando una brisa soplara y destruyera la figura diseñada.
En ese momento sentimos que nada tiene sentido y una ola de frustración arrecia sobre nuestro estado de ánimo.
¿Qué hace cuando las cartas con las que le ha sorprendido esta baraja de la vida no favorecen sus posibilidades?
¿Cómo actúa usted cuando le pasa algo similar? ¿Acaso se siente impotente y siente ganas de tirar la toalla?
Yo debo confesarle que siempre que eso me pasa me siento demasiado frágil y vulnerable. En días así el matiz de mi rostro suele delatarme.
Pese a ello emprendo cada día la tarea de insistir en construir esa nueva torre de cartas, a pesar de que soy consciente de que me puede bastar un segundo o un desequilibrio para que todo se vuelva a derrumbar a mis pies.
Sé que lo que hoy tengo puedo no tenerlo mañana. Así me vi muy joven cuando mis padres partieron de este mundo de manera imprevista.
La vida suele pasar como un torbellino. Los problemas aparecen de repente sin siquiera haberlos imaginado y cambian nuestras vidas, algunas veces para mal y en otras para bien, así no lo crea. Hay situaciones buenas y malas; las primeras se disfrutan y de las segundas se aprende. Sonreír y llorar hacen parte del libreto cotidiano.
La verdad es que cuando a mí la vida me sacude, busco los ‘pro’ y los ‘contra’ del momento que estoy viviendo. Después de eso, como todo hombre de Dios, comprendo que Él me ha permitido llegar hasta la línea de batalla, no para que pelee con el mundo sino para que vea como Él me protege.
Soy de los que me entrego a la oración ante un problema y me pongo de nuevo manos a la obra, entre otras cosas, porque sé que la única opción que me queda es la de recomenzar.
¿Acaso hay otra salida?
Claro está que volver a empezar nunca será fácil. Es preciso tener voluntad, asumir una actitud positiva y, sobre todo, convencerse de que llegará algo mejor de lo que se estaba construyendo.
Al reiniciar la tarea propuesta hay que echarle más ganas, ver las cosas con otra perspectiva y tener presente que no se mueve una sola hoja de un árbol sin que Dios lo decida.
Siempre he sabido que ante la adversidad hay cabida para la fe, la templanza y la decisión de sobreponerse a cualquier situación, por más dura que ella sea.
La reflexión de hoy le apuesta a ver los momentos difíciles con otra óptica.
Debemos ser optimistas, incluso a pesar de que la vida se nos derrumbe como un castillo de naipes.
Yo sé que nada es eterno y no somos infalibles. También admito que mi consejo se lee fácil y que resulta complicado cumplirlo al pie de la letra. Sin embargo, no puede olvidar jamás que la vida sí nos permite elegir cómo sentirnos. En mi caso, estar ‘bajo de nota’ no es una opción.


