Opinión | Ponerle el pecho a las olas

Por Marcos Velásquez
Una definición de fuerza mental.
El problema de crecer en posiciones idealistas y sobre todo, idealizadas, es que la mente no se fortalece. En algunos casos podemos hablar de debilidad mental, aunque en la literatura científica o académica esta determinación está postulada para hacer referencia a la psicosis (la locura). En el caso particular de este escrito, cuando hablo de debilidad mental, hago referencia a la incapacidad de un sujeto (una persona) para asumir los problemas que la vida presenta y superarlos.
Para hacerme entender, propongo el siguiente símil: si usted se acostumbra a que le hagan todo, usted adolece de capacidad para hacer cosas por usted mismo. Si a usted siempre le sirven la comida, cuando esté solo o en circunstancias apremiantes y le toque asumir la responsabilidad de su alimentación, se encontrará con la incapacidad de poder comer por sus propios medios, dado que, o tendría que mandar a preparar sus alimentos, o comprarlos a través de un domicilio o comer algo que ya esté precocinado. En últimas, si usted no sabe cocinar, no sabe resolver el real de cómo preparar usted mismo sus alimentos y de modo forzado tiene que depender de otro.
De igual modo, si usted es una persona sedentaria, el día que tenga que hacer por cualquier circunstancia una caminata larga, usted descubrirá que no tiene ni la fuerza ni la resistencia para poder culminar el trayecto que se le ha impuesto.
En el primer caso hago referencia a que quien no aprende por sí mismo a resolver lo cotidiano, siempre será un incapaz de hacer las tareas que le correspondan una vez se encuentre solo. En el segundo, planteo que quien no ejercita los músculos, cuando necesite utilizarlos descubrirá que no tiene la fuerza necesaria para afrontar el reto que se le impone.
Si me hago entender, reflexione sobre la capacidad que tienen algunas personas para resolver sus propios problemas, una vez la vida les presenta un momento de verdad, el cual no es más que una exigencia kármica en la que se tiene que poner a prueba a sí mismo para afrontar algo desconocido, no vivido y que la más de las veces, es doloroso, cuando no aterrador, para quien lo está viviendo.
Sin embargo, dicha realidad es solo una prueba, una enseñanza, una vivencia que empuja a la acción para que quien lo está viviendo se demuestre a sí mismo su fortaleza mental, su capacidad de: pensar por sí mismo y de poner límite a todos los pensamientos que no son oportunos y sí ultra destructivos. Su capacidad de afrontar la soledad, los miedos, el rechazo, la burla (en palabras nuestras, la hipocresía del “hociqueo”), la infidelidad, la traición, las quiebras económicas, la falta de dinero, los despidos laborales, los malos negocios, los fracasos sustanciales en metas trazadas, las extorciones, los conciertos para delinquir en contra de uno en el trabajo o en la sociedad, el burnout laboral, la perdida fatal de seres amados, la resistencia a la frustración, o el valor de la vida, el empuje, el deseo, la astucia, la paciencia, la virtud de reinventarse… En pocas palabras, la capacidad que tiene para autoregenerarse cada sujeto según su momento de verdad vivenciado, tal y como si fuera una herida que se cura sola y a sí misma.
La caída de los ideales o el momento de verdad circundante.
La fortaleza mental es algo que se ha perdido en nuestro tiempo a causa de los ideales que trazó el imaginario social del siglo XX. Para ese momento se llegó a pensar que la Generación X (nacidos entre 1965 y 1982) y parte de los Millennials (nacidos entre 1981 y 1996) tendrían una ruta idealizada en la que el ser profesional, porque para ese entonces, el ser técnico se dejaba, por la misma forma de pensar la sociedad de la época, para quienes no hacían parte de la clase social media, la cual era la única que se imaginaba como una clase social en la que a través de la profesión se podría construir una vida sin afugias económicas.
Se pensaba que después de haber sido un buen estudiante o un estudiante promedio que ganaba todos los años y todos los semestres, tendría a una sociedad esperando a un profesional que le aportaría mano de obra calificada que podría vivir con un salario superior al de los técnicos y con dicha mesada podría adquirir su propio vehículo, su propia casa, sostener sus vacaciones, acceder a una pequeña propiedad de recreo (finquita de descanso), educar a sus hijos y esperar a sus nietos para disfrutar su jubilación con placida alegría rodeado de paz, amor y recuerdos gratos de todo lo vivido.
Los técnicos tendrían que trabajar toda la vida y no accederían a lo que los profesionales encontraban asegurado en su sociedad que, siendo la misma, hacía parte de otra clase que no es igual a la de ellos ni a la de los que no alcanzarían ni siquiera a ser técnicos porque no podían estudiar porque eran pobres.
En una construcción social tan marcada, donde según se nacía se tenía asegurado o no un futuro, todo estaba dado para que nadie sufriera mucho porque fue Dios quien lo quiso así. Para poder soportar la culpa se iba a misa, se rezaba y se pedía por los pobres y cada vez que algún pordiosero tocara la puerta para pedir comida, se le regalaban las sobras de lo que iba quedando de la semana y las mascotas no se comían, y claro, la ropita vieja se le daba al párroco de la iglesia, para que él hiciera su caridad a través de su iglesia y en navidad se le daba regalo a los niños del caserío cercano a la finquita, para que pasaran la navidad felices y todos en la gracia de Dios.
Para ese entonces no se contaba con la fuerza que iba a tomar el narcotráfico en nuestra sociedad y cómo este transformaría el imaginario social y la estructura de la misma, el poder de metamorfósis de la tecnología en los sistemas de producción y la respectiva disrupción digital, ni con los mecanismos que construiría la corrupción para hacer que unos pocos se enriquecieran a costa de los salarios de quienes producían su riqueza. Es decir, mientras quien molía trabajaba, quien administraba, en el club, recibía el plus.
Sin notarlo, todo empezó a cambiar y el ideal construido empezó a desdibujarse. Aparecieron los salarios insustanciales o insuficientes para poder sostener los estilos de vida idealizados, como también las dificultades en las empresas para pagar regularmente, aduciendo las realidades del mercado, cuando no, porque utilizaban el dinero para otros fines y que todos esperen, porque igual, se les va a pagar sea puntual o no.
Como remedio, los bancos se apoderaron de los salarios de los profesionales, hasta que todos (profesionales, técnicos o trabajadores, quienes terminaron siendo homogeneizados como obreros de quienes manejan las finanzas, sin importar el grado de escolaridad), de modo indiferente llegaron a lo que hoy conocemos como el cuenta gotas, dado que no hay tanta traba (tanto papeleo) para entregar el dinero y aunque es más caro el interés, simplemente ayuda a resolver ese día a día que tanto estresa cuando no hay para pagar los servicios y están a punto de cortarlos.
Hipotecas hechas efectivas, embargos, restricción en gustos personales y gastos adicionales, ajuar de closets sin renovar por más de tres años, deuda en las mensualidades de los colegios, en el pago de administraciones y arriendos, las casas propias cada vez más puestas en venta desesperadamente, deuda en la tienda de la esquina que fía al igual que en la farmacia, bloqueo de soluciones, insolvencia, falta de fluidez de dinero, distanciamiento de los amigos por que siempre es la misma queja de la falta de dinero, o porque siempre hay que invitarle a todo, o porque se le puede llegar a pegar la racha, las mujeres viendo a sus esposos como unos incapaces porque no son hábiles para resolver la situación y cambiarla ya, hombres viendo a sus mujeres como una carga que les exigen pero no hacen nada, niños y adolescentes solos porque sus papás están estresados o deprimidos por la situación económica y ellos no tienen otra opción que los pocos ideales a los que se tratan de aferrar en sus redes sociales, pensando de modo imaginario que todo lo que ahí aparece es verdad.
Ante tanto real y un momento de verdad generalizado, no es extraño que un profesional de 45 años esté saturado de una situación que parece insuperable. Más, cuando en una sociedad como la nuestra se aplaude y respeta al pillo, al “malosito” y se ve como pendejo al bueno, al querido, al buena gente que es tan lindo que hasta se le tiene lastima por ser como es.
La fuerza mental hay que cultivarla. No es fácil para nadie superar los momentos de verdad que nos impone la vida. Si el sujeto se descuida, el otro, la sociedad o él mismo termina trastrabillando frente a la realidad. Quien se crió demasiado protegido por sus padres y se acostumbró a que todo le saliera bien y que todo lo que hacía se lo tenían que aplaudir o consentir, se precipita a una vida en la que el sufrimiento, la desdicha, la ira o el rencor serán los estados de ánimo que lo acompañarán hasta que su salud metal sucumba en un cuadro de ansiedad, una depresión o un suicidio.
Quizá este tipo de sujetos, cuando niños, no jugaron en el mar y nunca pudieron poner a prueba una verdad que hace que los hombres adquieran madurez o fuerza mental a partir del insulso juego con las olas. Quien de niño jugó a ponerle el pecho a las olas, comprende en esos momentos aciagos de nuestra existencia que, sí o sí, hay que ponerle el pecho a las olas de la vida.
TIPS para no sufrir.
- Tenga presente que todo, absolutamente todo pasa.
- Entre más se desespere, más se resista a aceptar lo que está viviendo, usted mismo está halando la cuerda de su desesperanza, lo cual terminará haciendo que todo parezca insuperable. No olvide: todo pasa.
- Aprenda a ser humilde. Eso no quiere decir que sea débil (no se confunda). A pesar de lo duro que esté viviendo, comprenda que hay cosas que no dependen de uno y que si uno las está viviendo, es porque muy a pesar nuestro, algo tenemos que aprender de ello.
- Sí! Hay momentos en los que estamos solos y que absolutamente nadie nos podrá entender y quizá, difícilmente nos podrá ayudar. Allí aflora lo espiritual en el sujeto, que no es ni fanatismo ni religiosidad, es el descubrimiento de algo que se ha perdido o que no nos enseñaron en esta generación: la confianza, la confianza en sí mismo, como efecto de fe o reflejo de Dios.
- No tenga miedo. Aprenda a creer o exíjase creer. Lo peor que le puede pasar es la muerte: si lo llegan a matar, se pierde absolutamente todo. Apele a la sensatez del insensato que ha de comprender que mientras usted viva, hay forma de recuperar lo “perdido”.
- Estamos viviendo tiempos turbulentos, donde la inestabilidad y el desequilibrio son el pan de cada día. Prepárese para afrontar momentos de cambios bruscos y hasta drásticos. No se replantee su estilo de vida, mejor ponga en consideración estrategias que le permitan ser flexible y adaptable. Hay que tomar riesgos, hay que cambiar algunas cosas, pero también hay que tener paciencia.
- Si siente que está débil, no lo dude, inicie un entrenamiento mental. Hoy casi todos lo necesitamos.
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