¡Muévase!
¿Por qué vivimos con tanta pereza? Pareciera que esa fuera la ‘peste’ de los tiempos modernos. Permanecemos sentados mínimo ocho horas diarias y nos las pasamos más de ese tiempo atados a una cama o frente al televisor. ¡El alma se nos volvió sedentaria!
Lo peor que podemos hacer cuando nos enfermamos es quedarnos quietos. Salvo algunas excepciones, no hay convalecencia más traumática que aquella que nos conmina a quedarnos atados a una camilla.
Los propios médicos señalan que si hay algo que incrementa los riesgos de padecer diabetes, problemas cardíacos, obesidad e incluso la muerte prematura es quedarse quieto.
Yo no sé por qué, pero cada día nos movemos menos.
Hay muchas personas que, a pesar de que están despiertas y de que son conscientes de lo que está sucediendo a su alrededor, se quedan inmóviles.
Los papás ya no sacan a sus hijos a pasear, los maestros siguen dictando clases en sus frías aulas, los jefes se quedan más confinados en sus oficinas, los empleados son menos diligentes, las parejas se dejan llevar por la monotonía, en fin…
Hay muchos seres humanos, llenos de vida, que se levantan de la cama y se quedan quietos. Como si fuera poco, se la pasan quejándose porque no hay nada por hacer.
Para mí esa pereza es una epidemia que nos contagia a toda hora. Es como si la sociedad padeciera de parálisis. Y tal hábito es muy perjudicial, entre otras cosas, porque hace que nuestra alma se vuelva sedentaria.
Hoy, más allá de las bondades de las tecnologías, nos la pasamos demasiado tiempo estáticos, frente a la computadora o en actividades que no requieran de ningún tipo de ejercicio.
Casi que ni movemos los músculos del cuello, ni los hombros. Ni siquiera caminamos.
¿Saben algo? Moverse, salir y volar es lo que realmente cambia nuestro organismo y, por ende, nuestra actitud.
Todos estamos diseñados para movernos. Por eso, no entiendo por qué existe tanta gente tan pusilánime en todos los aspectos de su vida. Peor aún, ni hacen ni dejan hacer.
Hay que actuar, perseverar en nuestras metas y salir en busca de los anhelos. Todas estas prácticas, además de mantenernos activos, permitirán que seamos más sanos y, por lo tanto, seremos más felices.
También es un asunto de física pura. Mejor dicho: ‘hay que moverse para que todo se mueva’. Lo digo porque hay muchos que, apoyados en la fe le piden a Dios, pero se quedan sentados esperando que las soluciones ‘les lluevan del cielo’.
Está bien permanecer en las manos de Dios e invocar su Bendición, pero hay que ponerse manos a la obra. Lo que debamos hacer, hagámoslo. No nos quedemos ‘rumiando la locha’.
Invertimos mucho tiempo y dinero tratando de descubrir cómo crear el éxito, pero le dedicamos muy pocos minutos a la acción para crear resultados reales.
Las cosas tienen que empezar por nosotros mismos. Gracias a ese primer paso que damos, se abonan los cimientos y se edifican los más nobles propósitos.
El movimiento de cada persona es único en el universo y en esa singularidad se basa la fórmula de la prosperidad. Toda acción es una puerta hacia el alma. Cada paso que demos nos irá transformando y nos traerá ventajas para la vida misma.
¡Hay que moverse! Ya tendremos tiempo suficiente para estar quietos cuando nos encontremos dentro de un ataúd.
La invitación de hoy es a poner cuerpo y alma en acción. Si no se mueve, no solo se le paralizarán los músculos sino también la energía que lo recorre. No deje que se apague la chispa de su vida.
EJERCICIO
El cambio es movimiento. Quien se atreve a hacer las cosas de otro modo, se transforma.
En la vida debemos encontrar nuevas instancias o caminos, ajustar las piezas y reestructurar lo que sea necesario para crecer cada día más.
No nos podemos quedar divagando o esperando a que todo se nos solucione, como por arte de magia.
¡Cuando hacemos, creamos!
Haga un sencillo ejercicio:
Decida ejecutar esa cosa que ha venido postergando desde hace rato. Dedíquele el tiempo suficiente. Si lo hace, crecerá y le estará enviando a su mente un gran mensaje de esperanza renovadora.




