OPINIÓN

Opinión | La cartona

Por Orlando Benítez Quintero

Aquel septiembre de 2009 llegué a Bogotá con mi maleta, una chaqueta prestada y un vestido entero alquilado. Iba a la gala más importante de mi carrera, cargado de nervios y orgullosa corronchería.

Mientras esperaba el equipaje en el Puente Aéreo, una línea blanca comenzó a recorrer la banda transportadora. Los pasajeros se acercaban espantados, agarrándose la cabeza al descubrir sus maletas bañadas en aquel manjar de los dioses costeños: ¡suero atoyabuey!

Confieso que me asusté. ¿Sería que mi mamá había metido una botellita para las primas bogotanas sin avisarme? Revisé mentalmente mi equipaje. Por fortuna, la maleta culpable no era la mía.

De pronto apareció una cava de icopor, dando vueltas como si nada, desbordada de sabrosura. Nunca supe quién era el dueño. Seguramente prefirió perderla antes que responder por semejante desastre lácteo.

Aquello no era extraño. Durante años, la ruta Montería-Bogotá fue conocida como el vuelo de la cartona. Suero, queso, carne salá, ñame, yuca, bocachico y cuanta delicia produjera nuestra tierra viajaban en cajas de Saltinas Noel o de Aceite La Muñeca, amarradas con cabuya. Verdaderas mudanzas gastronómicas por las alturas.

Yo procuraba mantener mis viajes en secreto. Bastaba anunciar que uno iba para Bogotá para que apareciera la tía con un encargo, la vecina con otro y la abuela con una orden imposible de rechazar: “¡Mijo, llévale esto al pelao, que allá no está comiendo bien!”.

Había quienes llegaban al aeropuerto con su cartona buscando un alma caritativa que llevara la encomienda. ¡Y aparecía! Entre costeños la confianza podía comenzar con un simple “¿usted también va pa’ Bogotá?”.

Ni hablar de las botellas de aguardiente Cristal recicladas para transportar suero o vinagre de plátano. Más de un pasajero despertó de su siesta bañado en aromas que ningún perfume francés conseguiría disimular.

En estos días de idas y vueltas por El Dorado, convertidas ya en rutina semanal, compruebo que las cartonas sobreviven. Son más discretas: empaques al vacío, recipientes herméticos y menos cabuya. Pero el cariño viaja intacto. Hace poco recibí empanaditas de leche cortada y delicias árabes monterianas. El encargado fue el ahijado Juan Camilo.

Porque una cartona lleva mucho más que comida: trae la casa, la infancia y a quienes nos esperan.

Y ahora que lo recuerdo, aquella noche de 2009 llegué impecable a la gala. Por fortuna, el saco prestado y la corbata alquilada salieron ilesos de la mancha blanca. ¡Imagínense explicarle al dueño del vestido que terminé bañado en suero antes de recibir un premio de periodismo!

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