No sé en qué momento algunos cordobeses dejamos de hablar de nuestra tierra con el brillo en los ojos con el que lo hacían nuestros abuelos. Crecimos escuchando historias del río Sinú, de las cosechas, de las bandas de porro, de la Feria Nacional de la Ganadería y de hombres y mujeres que levantaron este departamento con trabajo, esfuerzo y dignidad. Sin embargo, hoy pareciera que hablamos más de lo que nos falta que de todo lo que Dios nos regaló. Esa pérdida del orgullo por Córdoba es, a mi juicio, uno de los mayores obstáculos para construir el departamento que soñamos. Ningún pueblo progresa cuando deja de creer en sí mismo.
Resulta paradójico que vivamos en un territorio privilegiado y, aun así, muchas veces actuemos como si no tuviéramos razones para sentirnos orgullosos. Córdoba posee una riqueza natural excepcional. El río Sinú y el San Jorge alimentan nuestras tierras; el Parque Nacional Natural Paramillo resguarda uno de los ecosistemas más importantes del país; la represa de Urrá, la ciénaga de Ayapel, la bahía de Cispatá, Boca de Tinajones y las playas de San Antero, Moñitos, Puerto Escondido, San Bernardo del Viento y Los Córdobas hacen parte de un patrimonio que muchos colombianos desearían tener. No se trata únicamente de paisajes; se trata de una tierra que ofrece oportunidades para el turismo, la producción agropecuaria, la conservación ambiental y el desarrollo económico.
Pero la verdadera riqueza de Córdoba no está solamente en su geografía. Está en la historia y en las personas que han hecho posible este departamento. Mucho antes de su creación, los zenúes transformaron estas tierras con una de las obras de ingeniería hidráulica más admirables de la América prehispánica y dejaron como legado el sombrero vueltiao, símbolo de Colombia ante el mundo. Después llegaron comunidades afrodescendientes, familias de origen sirio, libanés e italiano y miles de colombianos provenientes de otras regiones que encontraron aquí una oportunidad para empezar de nuevo. Córdoba creció gracias al trabajo de quienes decidieron convertir esta tierra en su hogar.
Ese mismo espíritu sigue vivo cada día. Vive en el campesino que sale antes del amanecer con la esperanza de una buena cosecha; en el pescador que desafía el río y el mar; en la artesana zenú que convierte la caña flecha en arte; en el ganadero que preserva una tradición que identifica a Córdoba ante Colombia; en el maestro rural que forma ciudadanos y en el emprendedor que apuesta por invertir aquí cuando muchos prefieren buscar oportunidades lejos de su tierra. Ellos representan la Córdoba que pocas veces aparece en los titulares, pero que sostiene silenciosamente el presente y el futuro del departamento.
Nuestra identidad también se expresa en la cultura. El porro que hace vibrar a San Pelayo, el bullerengue de Puerto Escondido, los acordeones de Chinú, la arquitectura republicana de Santa Cruz de Lorica, la Feria Nacional de la Ganadería en Montería y una gastronomía representada por el mote de queso, el bocachico, la viuda de pescado, el peto y los dulces tradicionales son mucho más que expresiones folclóricas. Constituyen una herencia colectiva que fortalece nuestro sentido de pertenencia y nos recuerda que la identidad también es un motor de desarrollo.
Sin embargo, el mayor riesgo que enfrenta Córdoba no es la falta de recursos, sino el olvido. Hemos comenzado a admirar más lo ajeno que lo propio. Nuestros hijos conocen personajes de otros continentes, pero muchos no saben quiénes fueron los zenúes; sueñan con visitar lugares lejanos sin haber recorrido el Paramillo, la ciénaga de Ayapel o las playas del Caribe cordobés. Cuando un pueblo deja de valorar su historia, su cultura y su territorio, termina debilitando la confianza necesaria para construir su futuro.
Por eso, recuperar el orgullo por Córdoba no es un ejercicio de romanticismo; es una condición para el desarrollo. Ningún inversionista creerá en un territorio cuyos propios habitantes desprecian. Ningún proyecto de transformación será suficiente si antes no recuperamos el sentido de pertenencia. Amar a Córdoba significa respetar al campesino, respaldar al pescador, valorar al artesano, consumir lo producido por nuestra tierra, proteger nuestros ríos, ciénagas y bosques, enseñarles a nuestros hijos el significado de nuestra bandera y comprender que el progreso comienza cuando cada ciudadano decide asumir una parte de la responsabilidad.
No heredamos Córdoba de nuestros padres; la recibimos prestada de nuestros hijos. Tenemos el deber de entregársela más fuerte, más unida y más próspera. Estoy convencido de que el mejor capítulo de nuestra historia aún está por escribirse. Pero ese capítulo no dependerá únicamente de quienes gobiernan. Lo escribiremos todos el día en que dejemos de hablar de Córdoba con resignación y volvamos a hacerlo con orgullo. Porque los pueblos no cambian cuando descubren nuevas riquezas; cambian cuando aprenden a valorar las que siempre han tenido.




