OPINIÓN

Opinión | La gente competente no siempre hace ruido

Por: Sofía Esteban de León

En la gestión pública existe una tentación cada vez mayor: confundir visibilidad con resultados.

Hay funcionarios que anuncian cada decisión, publican cada reunión y convierten cada actividad en una noticia. Y hay otros que trabajan con menos exposición, pero dedican más tiempo a estudiar los problemas, escuchar a quienes conocen el territorio, tomar decisiones y hacer que las cosas sucedan.

La comunicación es necesaria. Una administración pública tiene el deber de informar y rendir cuentas. Pero comunicar no puede convertirse en sustituto de gestionar. La verdadera competencia en lo público se demuestra de otra manera: en la capacidad de entender un problema antes de intervenir, de administrar responsablemente los recursos, de anticipar consecuencias y de reconocer cuando una decisión debe corregirse.

También se demuestra en algo menos visible: saber escuchar.

Porque detrás de cada cifra hay personas, y detrás de cada decisión pública existen realidades que no siempre caben en un informe. Un buen gestor no debería necesitar tener siempre la respuesta más rápida; debería tener el criterio para encontrar la respuesta correcta.

En lo público, la competencia no es un adorno del cargo: es una obligación frente a la sociedad. Quien administra recursos que no le pertenecen, decide sobre necesidades que no son las suyas y ocupa una posición que le fue confiada, no tiene derecho a improvisar para aprender, ni a convertir la exposición en una medida de su capacidad. Hay cargos que pueden soportar la vanidad; la responsabilidad pública no. Allí se necesita conocimiento, carácter y la serenidad suficiente para hacer lo correcto, incluso cuando lo correcto no sea lo que más aplausos produce.

No toda persona que habla mucho es superficial, así como no toda persona silenciosa es competente. El punto no es el ruido. El punto es qué queda después del ruido.

Una obra terminada, un servicio que funciona, un trámite que se simplifica, un recurso bien utilizado, una comunidad que encuentra una solución: esos son resultados que no necesitan demasiada promoción.

El verdadero liderazgo público se demuestra cuando el protagonismo deja de ser necesario y los resultados hablan por sí mismos. El reconocimiento puede ser pasajero, pero las decisiones permanecen y sus consecuencias alcanzan a quienes están y a quienes vendrán. Por eso, administrar lo público debería medirse menos por quién ocupa los titulares y más por quién es capaz de convertir los recursos, las decisiones y las oportunidades en soluciones que realmente mejoren la calidad de vida de la gente.

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