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Alejo el grande

Por Ramiro Elías Álvarez Mercado

Próximo al río Cesar y cerca del Ariguaní hay un triángulo sobre sabanas inmensas y calurosas. Se encuentra allí la población de El Paso (Cesar) donde hay hombres que por años han sido vaqueros algunos y músicos de acordeón otros.

Un 9 de febrero de 1.919, día de San Gilberto nació allí Gilberto Alejandro Durán Díaz, como era costumbre su nombre fue extraído del santoral: Los Paseros son una mezcla lejana entre Españoles Canarios, Indios Chimilas y Carabalies Africanos. Lo que explica una tradición de músicos y tamboreros.

Alejo El Grande rompió con todos los esquemas establecidos en una sociedad feudal como la nuestra, que no le da oportunidad al talento campesino para ser escuchado.

Es un grande que cantó con voz sonora de Negro rebelde y que de manera genial se hacía la segunda voz con su insuperable amigo y compañero  (acordeón).

Como siempre lo dijo, «después del amor de mi madre, mi acordeón de ahí sigue el resto». Todos sus caprichos, sus nostalgias y sus alegrías se los contaba al instrumento arrugado.

Alejo El Grande, el primer rey vallenato en 1.968.Y en el mismo año medalla de oro en los juegos Olímpicos de México, donde en esa época se hacían unas Olimpiadas culturales y musicales alternas a las deportivas, también fue el primer músico vallenato en presentarse en el Madison Square Garden de la ciudad de New York.

Por esto y por su gran trasegar en la música vallenata lo considero como el hombre que le dio la dimensión histórica a esta música vernácula y tradicional.

Un juglar en todo el sentido de la palabra  (cantante, compositor, acordeonero).

Era un hombre que tenía una inteligencia natural asombrosa, siempre que le preguntaban de donde era contestaba de una manera filosófica » Soy magdaleniense de nacimiento, cesarence por decreto y cordobés de corazón».

Un 15 de Noviembre 1.989 en la clínica Unión de Montería su inmenso corazón con el que amó a muchas mujeres y apreció a muchos amigos dejó de latir.

Alejo El Grande, se despidió en silencio como lo hacen los grandes sin la alharaca de los ídolos de barro, que son más producto del show mediático de sus obras, se marchó para un mundo raro que no deja venir al que se va. En la historia quedaron sus hazañas musicales y sus heroicas virtudes en la defensa de una música campesina y vernácula, que tuvo en él, a su más connotado defensor, y aunque hace tiempo de su partida, su fiel compañero y amigo  (acordeón) se auto recita esos versos que un día él le hiciera «este pedazo de acordeón donde tengo el alma mía, allí tengo mi corazón y parte de mi alegría».

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