CULTURATENDENCIAS

Décimas en cuarentena

Por: Oscar Melendres Garcés

Los pueblos del mundo comenzaban a vivir una realidad que a todos tomaba por sorpresa. El sur de América evadía enfrentarse a ese momento en el que las fronteras debían cerrarse como medida preventiva a una pandemia que sin avisar ponía en pánico a la humanidad. Los científicos la habían bautizado como Covid 19, había tenido su origen en el continente de Asia y rápidamente se propagó a todo el mundo.

La ciudad de Lima, capital de la república del Perú, poco a poco paralizó sus actividades y como medida extrema cerró sus fronteras al mundo. En un frío comunicado las autoridades informaron a la sociedad que todas las terminales de transporte aéreo suspendían sus operaciones. Esto indicaba que nadie entraba o salía de ese país hasta que fuera superada la emergencia.

En aquel lejano territorio, un cordobés cuyo nacimiento se dio en un pueblo con sabor a Sinú y en una fecha con olor a corraleja, comenzaba a vivenciar la incertidumbre más grande que afrontaría durante toda su vida. Ricardo José Olea Hernández, nacido en Santa cruz de Lorica un 20 de enero, había llegado a la república del Perú tras haber recibido invitación del investigador de la décima César Huapaya quien tenía a su cargo la conmemoración del centenario del natalicio del famoso poeta y decimero Orlando Pompeya conocido como Manolando. Conmemoración que se llevaría a cabo en la ciudad de Ferreñafe, la cual se encuentra ubicada a 14 horas de la ciudad de Lima, en viaje terrestre.

“El 14 de marzo del 2020 llegué a la República del Perú y allí pasé los primeros 27 días del confinamiento.” Manifiesta el rey del repentismo con una voz que aún deja interpretar la afectación emocional que vivió durante este tiempo.

La realidad marcaba tendencia hacia lo fantástico. Fueron días de vértigo, de temores, de ilusiones y sobre todo de esperanza. Esperanza por volver a esta tierra de verdes pastizales y cargada de grandes afectos hacia él, un hombre que ha representado a Colombia en encuentros internacionales de la Décima en países como Cuba, Chile y Perú entre otros y que además ha ganado todos los festivales que se realizan en Colombia sobre esta manifestación de la tradición oral del Caribe colombiano. Pero por sobre todas esas esperanzas, se encontraba la esperanza del reencuentro con la familia.

Los días en el Perú pasaban de manera lenta, el tiempo pareció detenerse y la ansiedad se apoderaba de Olea Hernández. Remembraba los inicios de su inclinación por esta forma de poesía y traía a su mente la voz de Gabriel Segura Miranda quien con su timbre daba vida a un comercial de radio hecho en décimas. Este periplo le sirvió también para evocar aquellos tiempos idos de su infancia en los que su abuelita paterna Juana Llorente le enseñó a declamar La gran miseria humana, décima escrita por el autor de Soledad Atlántico Gabriel Escorcia Gravini y convertida en canción por Lizandro Meza.

La décima en nuestra región se interpreta a capela y tiene connotaciones históricas en distintos aspectos de la cotidianidad de los pueblos. Durante muchos años hizo las veces de crónica de los pueblos dando cumplimiento a aquella vieja afirmación que sentencia: la oralidad en el Caribe siempre ha sido un elemento importante de integración, conocimiento social, diversión e identidad. La tradición oral, han dicho los investigadores, es la gran escuela de la vida. Es religión, historia, recreación y diversión. Además, es una forma de reivindicar el valor de lo popular en el desarrollo de la región.

En su lugar de confinamiento, Ricardo Olea añoraba los escenarios, se imaginaba a si mismo portando su pinta favorita: pantalón de lino, camisa guayabera, sombrero vueltiao, mochila al hombro y abarcas tres puntá. Los pocos espacios en los que conciliaba el sueño recreaba su andar por las calles de Buenavista, el pueblo al que llegó en 1978 y donde se radicó y ejerce la labor de docente en la Institución Educativa Sagrado Corazón de Jesús en donde implementó el proyecto Décimas en el aula de clases, un método mediante el cual los alumnos aprenden geografía, historia y otras materias al ritmo de décimas cantadas.

El tiempo se esfumaba al vaivén de sueños y pensamientos con escenarios y protagonistas de importancia en su vida. El Blanco Olea y la Niña Temi, sus padres en el granero San José de Buenavista, sus hermanos Oswaldo, Oscar, Leonardo y Orlando, igualmente Tatiana, Harlinson y María M junto a Nelsy, sus hijos y esposa. Y llegaban también aquellos que habían partido a la a eternidad como Rafael Pérez, uno de sus más connotados maestros en la práctica de la Décima.

La recursividad de este personaje y su creatividad gigante lo llevaron a aprovechar el tiempo que estuvo en Lima y se creo la colección titulada Décimas en cuarentena. El reto consistió en escribir una décima cada día y circularla por distintas redes sociales con todos sus contactos. Hubo creaciones dedicas al amor, a la naturaleza, a Colombia, al Perú, a los amigos, a sus estudiantes, al deporte, a su departamento, a Buenavista… hubo para todos los temas y para todos los gustos.

Este ejercicio creativo se convirtió en su aliciente diario, en su motivación para sobrevivir a esa realidad que le tocó vivir y sobre la cual afirma que no desea volver a soportarla.

Luego de 27 días de confinamiento en la ciudad de Lima llegó la gran noticia; el regreso a Colombia era una realidad. En palabras de Ricardo Olea nos lo manifiesta así: “Duré 27 días en la ciudad de Lima, de allí el viernes santo de ese año viajé en un vuelo humanitario hasta Bogotá.” En la fría capital colombiana el periplo tuvo una duración de otros eternos 27 días.

Ricardo José Olea Hernández sigue impartiendo conocimientos a sus alumnos y sigue siendo ese motivo de orgullo para la cultura del departamento de Córdoba, pero por sobre todo sigue siendo ese personaje que convierte lo cotidiano en creaciones y poemas compuestos por diez versos octosílabos de rima consonante llamadas Décimas o Espinela.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba