Espiritualidad | Dios siempre debe estar en nuestro corazón

Todas las circunstancias que vivimos, tanto las positivas como las negativas, tienen una razón de ser y dejan una lección. Si tenemos fe en el Señor, en el debido momento, cada hecho que nos ocurra pasará para bien.
Usted, yo y todos debemos tener a Dios presente. Claro está que no debe ser una presencia teórica, debe ser genuina. Si es así, Él nos conducirá por el buen camino, nos dará sabiduría y nos fortalecerá a la hora de sobrellevar los problemas cotidianos.
Y no estoy hablando de manera precisa de asistir a Sagradas Eucaristías a toda hora, de solo elevar plegarias al cielo o de hacer ayunos. Hablo de agradecerle a Dios cada día lo que nos ha dado y prometerle a Él y a nosotros mismos que tendremos la entereza necesaria para afrontar nuestras situaciones complicadas.
Seguramente usted y los demás lectores me preguntarán: ¿Cómo podemos nosotros, personas modernas, profesionales, ocupadas y competitivas en cada una de nuestras ocupaciones, desplegar esa presencia genuina con Dios de la que hablo?
Les respondo que a medida que nuestra confianza en Él aumenta y nuestro corazón se abre. Si procuramos hacer su voluntad, podremos esperar las respuestas que nos ayudarán a comprender, en medio de nuestra apretada agenda, que sí podremos salirles al ruedo a las circunstancias diarias y, mejor aún, seremos capaces de vencerlas.
Más allá de las cosas que nos sucedan y que incluso nos encontremos en un tiempo de ansiedad, no podemos permitir que las angustias diarias nublen nuestra mente.
Sin importar las pérdidas, las heridas o los rechazos que hayamos sufrido, la gracia y la sanación que Él nos da son más poderosas.
En cambio, si no nos ponemos en su manos no logramos el autocontrol que requerimos y los miedos se amplifican hasta el extremo. Lo más grave es que sin Jesús quedamos inmersos en un círculo vicioso en el que los pensamientos se convierten en preocupaciones y viceversa.
¿Saben algo? El tener a Dios en el corazón se nota; el silencio tierno, las sonrisas gratuitas, la expresión que abraza, el gesto abierto a la solidaridad y la amabilidad son pruebas de ello.
Yo sé que muchas veces nos esforzamos, hacemos las cosas como se supone que debemos ejecutarlas, pero al final no obtenemos los resultados anhelados. Ojo: no es que Dios nos falle, es que no hemos fortalecido nuestra fe en Él.
Lo mejor que podemos hacer es cultivar la esperanza de tiempos mejores. Eso no implica que nos quedemos con los brazos cruzados; es preciso que pasemos de la palabra a la acción.
No hay secretos específicos para que algo nos salga bien, es solo cuestión de tomar los correctivos, prepararnos y lanzarnos al ruedo con la fe necesaria para alcanzar las metas. Los invito a confiar en Él. Todo saldrá bien, en el nombre de Jesús. Amén.
Por: Euclides Kilô Ardila





