El San Jorge en la obra literaria de Gabo
Hoy se cumplen seis años del fallecimiento del único nobel de literatura que ha tenido Colombia.

Gabriel García Márquez creó un vasto universo literario inspirado en leyendas, seres míticos y cantos vallenatos. La historia de la familia Buendía a lo largo de siete generaciones en el pueblo ficticio de Macondo fue una de esas creaciones en las que imprimió un estilo original que hoy se le denomina como realismo mágico.
“Lo que escribo es robado de la vida real” expresó en múltiples ocasiones el único premio Nobel que ha tenido Colombia y que hace cinco años murió, pero que para millones de hispanoparlantes se fue para la inmortalidad.
En su obra literaria García Márquez citó a la región del San Jorge en dos oportunidades. En el relato los Funerales de la Mamá Grande son mencionados los chalanes de Ayapel y las lavadoras del San Jorge para hacer alusión que el pueblo llano estuvieron presentes en la despedida de la soberana absoluta del reino de Macondo.

En el libro Del amor y otros demonios, García Márquez vuelve a mencionar a Ayapel refiriéndose a una hacienda de ganado que donó a la iglesia el marqués de Casualdero antes del novenario de su esposa.
En esa misma novela publicada en 1994, el personaje principal es una marquesita que mordió un perro rabioso en un mercado, es llamada Sierva María de todos los Ángeles. En una crónica que hizo el ya fallecido periodista barranquillero Ernesto McCausland Sojo, explicó que el nombre de la protagonista fue puesto para rememorar una canción del maestro Alejo Durán, quien se coronó como primer rey de la leyenda vallenata y murió en Planeta Rica.

El escritor se refería a Ayapel en sus obras porque su padre el telegrafista trabajó durante un corto tiempo en esa población del San Jorge y quizás le contó de su paso por la región.
En sus memorias Gabo cuenta que su padre Gabriel Eligio “era un ejemplar distinguido de aquella estirpe descamisada. Desde los diecisiete años había tenido cinco amantes vírgenes, según le reveló a mi madre como un acto de penitencia en su noche de bodas a bordo de la azarosa goleta de Riohacha vapuleada por la borrasca. Le confesó que con una de ellas, siendo telegrafista en la población de Achí a los dieciocho años, había tenido un hijo, Abelardo que iba a cumplir tres. Con otra, siendo telegrafista de Ayapel, a los veinte años, tenía una hija de meses a la que no conocía y se llamaba Carmen Rosa”.


