Espiritualidad | Sembrar la semilla de Dios en nuestra vida

Hay cosas que están a nuestro alcance y hay otras que no. Por eso debemos aprender a distinguir entre lo que podemos controlar y lo que se escapa de nuestras manos, para no amargarnos y lograr una gota de serenidad en medio de tanto caos.
Antes de la pandemia, tal vez nos sentíamos infalibles. Pensábamos que podíamos controlar el mundo al son de nuestros antojos e incluso algunos se atrevían a retar al mismo Dios.
Así nos sintamos poderosos, siempre nos corresponderá rendir cuentas de nuestros actos; y por mucho dinero que repose en el banco, no podremos escapar de la auditoría celestial.
Hoy la realidad nos recuerda que todos somos vulnerables. Y si insistimos en hacer a juro cosas que se escapan de nuestro control, la vamos a pasar muy mal.
Las borrascas de la pandemia actual han dejado al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras rutinas, proyectos y prioridades.
Estamos viendo el dolor muy cerca y él nos causa heridas y profundas tristezas. La pandemia nos ha golpeado muy fuerte y, en medio de nuestra aflicción, parece que no encontramos respuestas a todo esto.
Lo cierto es que nuestra vida es prestada; además, no somos imprescindibles ni seremos eternos.
La idea de este texto no es que nos estresemos por esa realidad… ¡ni más faltaba!
Es mejor comprender que en la vida todo tiene un sentido y que cada crisis nos hará cada día más fuertes.
La invitación es a practicar la humildad, a tener un corazón nuevo y ser una mejor persona; es decir, dejar de ser egoístas.
Por fortuna nos hemos dado cuenta de que la vida misma, el amor, la paz, el servicio y la verdadera felicidad están por encima de las demás riquezas.
Es hora de hospedar la esperanza en el corazón y dejar que sea ella la que nos fortalezca y nos dé la suficiente entereza para sobrellevar esta tensionante época.
Es fundamental asumir el reto de cada día y, sobre todo, debemos evitar apegarnos a objetos, a cargos laborales o a las mismas personas.
Sembremos nuestra fe en tierra fértil. Para ello será preciso que tengamos confianza en Dios, pues Él sabrá darnos lo mejor.
Tal vez en algunas ocasiones no lo entenderemos, pero debemos tener presente que Él siempre estará a nuestro lado.
Todos los que ponen su esperanza en Dios reciben Bendiciones.
Quien deja entrar a Cristo abre las puertas de la paz y de la serenidad; además obtiene el ciento por ciento de su Misericordia. Pese a que es duro lo que vivimos, todo obra para bien.
También pidámosle a Él que la angustia no nos confunda ni enfríe nuestra confianza. A cambio de ello, Dios solo nos pide plantar y mantener nuestra vida con sencillez y agradecimiento por el privilegio de estar hoy aquí. Amén.




