No hay carga mayor de la que podamos soportar
Si su vida es demasiado pesada, si está a punto de desfallecer o si cree que ya no puede con tanto dolor, pídale a Dios una gota de fortaleza.
A veces sentimos el peso de todo lo que la vida nos echa encima y también, con relativa frecuencia, nos la pasamos quejándonos por la gran piedra que llevamos a nuestra espalda.
Ha de saber que Dios no espera que carguemos con más de lo que podamos soportar, sino que de una manera esperanzadora nos invita a asumir el compromiso de seguir adelante.
Eso deberíamos tenerlo en cuenta, sobre todo, cuando el abatimiento por las circunstancias se transformen en una pesada carga y pensemos en desfallecer.
Esta no es una invitación a resignarnos. ¡Ni más faltaba! Tampoco es preciso echarnos más problemas a cuestas.
Las líneas aquí escritas representan una sencilla sugerencia para perseverar más allá de las dificultades y, de manera especial, para evitar ‘refugiarnos’ en nuestras debilidades.
Debemos aprender a cargar nuestra cruz sin renegar ni maldecir por ella. Y si por alguna razón nos cansamos, como es natural, solo debemos pedirle al Señor que nos dé fuerza.
Cualquiera que sea nuestro dolor, siempre habrá un resplandor, un atardecer o un mejor mañana. Podemos sentir que no seremos capaces, pero Dios siempre estará listo a ‘darnos una mano’.
Ahora bien, no se trata de pedirle a Él y quedarnos con las manos cruzadas. También nos corresponde hacer nuestra parte y esforzarnos por salir adelante.
Siempre he dicho que hay que ser fuertes y asumir las tareas con la dignidad que nos corresponde y, por supuesto, sin desanimarnos. ¡En el debido tiempo Dios nos dará nuestra recompensa!
EL PESO DE LA COSTUMBRE
Por alguna extraña razón sentimos que llevamos un enorme bulto, cargado de pierdas, sobre nuestra espalda. Y aunque en más de una ocasión eso es solo una percepción, lo cierto del caso es que nadie está obligado a llevar enormes cargas.
¡Hay que aprender a vivir de una forma libre!
Es preciso caminar con un paso más firme, pero al mismo tiempo más ligero.
Una de las sobrecargas que más nos molesta es la de creernos indispensables. Cuando sentimos que la Tierra sin nosotros no gira, lo único que acumulamos es la carga de estar siempre ahí, respondiendo por todo.
Hay otros que se acostumbran a cargar el peso del dinero. Su misión en la vida se enfila a acumular bienes que les hacen prisioneros. Tienen muchas cuentas bancarias, auténticos palacios, carros por doquier y, al final, terminan siendo celadores de toda esa fortuna y escasamente pueden disfrutarlas, pues viven pendientes solo de sus negocios.
Las cargas que llevamos a cuestas resultan más pesadas, no porque en realidad lo sean, sino porque nos acostumbramos a vivir estresados.
Si insistimos en esos pesos, nos alejaremos de las cosas maravillosas que nos ofrece la vida, tales como: el amor, la tranquilidad, el descanso, la familia e incluso el sano esparcimiento.
¡lo que acumulamos!
Solemos acumular ‘trastos’ que nunca utilizamos y que, en cambio, nos hacen más traumática la vida.
Cuántos estamos al lado de nuestras parejas, más por costumbre que por amor; cuántos trabajamos más por un sueldo, que por el disfrute laboral; cuántos vamos a clases, solo por un diploma, antes que por la profesionalización.
Recordemos la serenidad que nos produce ver una flor a la
orilla del río, el olor de la tierra mojada, el bostezo de un niño, en fin…
¿Nuestro ideal está en trabajar duro para tener muchas cosas, un estatus de vida alto, estar a la moda, con salarios más altos, carros rápidos y todo lo que el dinero puede comprar?
Ahora preguntémonos qué de todo aquello nos ha hecho realmente feliz. Ojo: Mantenerse agarrado a las expectativas del ‘qué dirán’ es una manera de llevar cargas inoficiosas y de complicarse la vida.
Abandonar esas maletas y establecer prioridades, simplificará nuestra vida. Los instantes felices no tienen nombres, ni edades, ni menos fechas. ¡Ellos llegan! Pero también, si no los aprovechamos, se nos pierden.
Vía La Tarde


