
En Colombia todos reclaman micrófono. El Gobierno dice que lo quieren callar. Medios y organizaciones argumentan que desde el poder se intenta deslegitimar la crítica. Las instituciones ponen límites y los otros responden que eso es censura. Todos se declaran víctimas. En medio queda la gente tratando de entender qué es verdad.
La Corte Constitucional ordenó al presidente Gustavo Petro retractarse y dejar expresiones como “muñecas de la mafia” frente a mujeres periodistas, recordándole que desde la Casa de Nariño también se puede poner en riesgo a alguien con la palabra. Eso muestra que hoy se vigila no solo lo que decide el gobernante, sino el tono con que nombra al otro. A la vez, el mandatario dice que lo quieren silenciar. La Comisión de Regulación de Comunicaciones le negó una alocución nacional por no considerarla de “urgencia excepcional”, requisito para interrumpir la programación del país. Petro respondió hablando de censura y “golpe comunicacional”: un lado dice “me frenan la voz”, el otro dice “esa voz está desbordada”.
Colombia ya está en modo electoral rumbo a 2026 y la Misión de Observación Electoral (MOE) alerta que mucha publicidad política en redes circula sin transparencia: no siempre se sabe quién paga ni a quién se dirige. Mensajes hechos a la medida de la euforia y la rabia. Súmele la inteligencia artificial: audios que clonan voces diciendo “sí, yo recibí esa plata” o videos falsos que parecen confesiones. Eso viaja primero por WhatsApp. Y todos conocemos a la tía que reenvía la “cadena urgente”. Si la tía lo manda, ya es verdad en el grupo.
En la región Caribe, operadores eléctricos han advertido riesgo de racionamiento por falta de gas y problemas de transmisión, mientras el Ministerio de Minas insiste en que “no hay riesgo de apagón”. ¿A quién le cree una familia que perdió la comida del mes porque se fue la luz toda la noche? También en política: se han reportado ataques contra liderazgos locales en municipios donde aún circulan panfletos de grupos armados que actúan como autoridad. ¿A quién le cree la comunidad: al comunicado oficial o al panfleto?
Entonces, ¿a quién le creemos? Si cada quien dice “me están callando”, si cada versión viene con su propio miedo, ¿quién protege la conversación? Si no logramos unas reglas mínimas la discusión pública deja de ser conversación y se vuelve alarido. Y cuando todo es grito, lo que se rompe no es solo el debate: es la democracia.
*Jefe de programa Conunhcacion Social – Unisinú
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