Opinión | De cómo se desmorona la clase media y entra en crisis el capitalismo

Me permito exponer una visión de la crisis en la que se encuentra Colombia en este momento y que, a falta de una posición objetiva en el debate político, acompañada de una incapacidad de discurso propositivo, pacificador y que permita anudar el lazo social a través de enfrentar un problema que pasó de una fisura a resquebrajar la estructura del sistema capitalista, se ha centrado en atacar al pacto histórico y a Gustavo Petro.
¿Cómo se entiende la inflación?
La inflación se siente cuando se va a tanquear el carro o la moto. Ahí se comprende el concepto que la teoría económica plantea, a groso modo, como <<el aumento generalizado y sostenido de los precios de los bienes y servicios existentes en el mercado durante un período de tiempo>>.
Quien tanquea su vehículo, no necesita un tratado económico en ese instante, para comprender que si tanqueaba su carro, por ejemplo, con cien mil pesos la semana pasada y le quedaba lleno, en el presente esa misma cantidad de dinero no le alcanza para llenar el tanque como ayer. Los cien mil pesos hoy, solo le hacen ¾ de tanque.
Si la persona es consciente y sensata se percata que el dinero que produce ya no le alcanza para lo que necesita porque los precios están más altos y ella sigue ganando igual que antes. En otras palabras, mientras la persona trabaja y recibe el mismo valor salarial por su trabajo, los precios en el mercado han subido y con lo que antes compraba algo, en el presente ya no le alcanza para comprar la misma cantidad.
Una reacción honesta a la situación, para enfrentar el fenómeno y no perder la calidad de vida a la cual se ha acostumbrado la persona es, o dejar algunas prácticas de consumo que de modo crítico ya no serían “tan necesarias”, o por el contrario, exigirse a trabajar más para ganar más y poder seguir consumiendo como lo ha venido haciendo.
Esta última acción funciona siempre y cuando en el mercado haya la posibilidad de conseguir dentro de la oferta laboral otro trabajo o un trabajo en el que pueda ganar más que en el que está en ese momento. O dentro de la oferta de los bienes y servicios, consumidores que estén dispuestos a comprar más cosas de las que regularmente compran.
La situación se pone espinosa en el momento en que la persona que está buscando soluciones a la situación de “todo más caro y el dinero no alcanza”, se percata de que en el mercado laboral, por el contrario, las empresas están despidiendo empleados y en el mercado, los diversos consumidores están reduciendo sus compras, se están “apretando el cinturón”, por la presión real de la imposibilidad de seguir consumiendo como antes lo hacían por falta de dinero.
El bienestar y el sostenimiento del sistema.
Para principios del siglo XX se había trazado una visión global del manejo de la economía. Los intereses del Capital en manos de bancos y aseguradoras tenían claro que la máquina que aceita el motor del capitalismo es la deuda, y que esta funciona en la medida en que hay trabajo para el grueso de la población.
Ello estimula a que quien tenga poder adquisitivo (quien reciba dinero fruto de su trabajo o de su actividad comercial), para que como cliente útil a los intereses de los bancos o de las aseguradoras, a través de la seguridad financiera en el contrato mercantil que se teje, el cual está soportado en que quien percibe un salario o tiene dinero, difiera, según el banco o las políticas contractuales de las aseguradoras, en el tiempo, la deuda que adquiere a un “porcentaje razonable” y pueda utilizar el servicio ofrecido, una vez evaluada su capacidad de pago.
De este modo, el banco gana dinero con el pago de los intereses de quien presta, para adquirir el bien o servicio que necesita. El prestamista, por el contrario, pone su salario o su dinero, el cual no le alcanza para adquirir en el momento lo que quiere, al servicio de la deuda que es la ganancia del banco, quien tiene claro que hace dinero con el trabajo de otro.
Si de las aseguradoras hablamos, ellas prometen al momento de ofrecer el seguro, la seguridad imaginaria de quien de buena fe se apalanca en quien dice le va a cubrir lo que él teme perder, pero al momento de entrar a resolver quien pagó la póliza de seguros su perdida, descubre que la aseguradora se ha blindado en la letra pequeña para pagar lo que a ella le conviene y no lo que él esperanzadamente pensaba iba a tener cubierto.
Esta dinámica del flujo del dinero funciona siempre y cuando todo dentro de una sociedad fluya. Sin embargo, las sociedades, al ser entes vivientes, están sometidas a cambios, desequilibrios y movimientos propios de la interacción de quienes hacen parte de ellas. Esto produce tensiones que se reflejan en el dinero, la adquisición de bienes y servicios y en el comportamiento psicológico de los ciudadanos.
Este sistema que pretendo describir, estaba pensado para un concepto nombrado como clase media o clase obrera trabajadora, que en teoría, era la clase llamada a estar en la mitad de la pirámide y se iba a encargar de sostener la punta de la misma, dado que al tener la facilidad de contar con un salario o dinero fruto de su actividad comercial y poder con este cubrir la falta de sus bienes o servicios a través de las deudas adquiridas, iba, sin notar el malestar que le causa el hecho de trabajar para pagar sus deudas, a sostener el complejo andamiaje del funcionamiento del capitalismo, porque al distraerse con el “bienestar” que le produce la adquisición de lo que él ha conseguido, el hecho de trabajar más no importa, dado que por lo menos disfruta de algo que siente propio.
Es oportuno subrayar que, en dicha distracción, esta clase sostiene los intereses de la punta de la pirámide y en su bolsa, las políticas financieras se apalancan para auxiliar a la base de la pirámide con tal de sostener un mediano equilibrio.
Para explicarme, planteo el caso de quien compra su moto para ir a trabajar. Aunque la esté pagando, se siente bien porque su movilidad cambió. O la mujer que frente a una posición subjetiva estima que ponerse una talla de senos mayor a la que la naturaleza le entregó, se permite hacer un préstamo para una cirugía estética. Ella, antes que pensar en su deuda, disfruta cómo subjetivamente su imaginario cambió y cómo su modo de relacionarse con los otros ahora es mejor porque ella, en sí misma, se siente más segura, hecho que le permite pensar que la deuda adquirida es nada, en relación a su ganancia subjetiva.
Así las cosas, hay una ganancia ante la exigencia de invertir en algo que no se tiene y, tal y como está concebido el sistema, se construyó el imaginario de que todo era posible, siempre y cuando el préstamo fuera aprobado. En otras palabras, el bienestar y su búsqueda se convirtió en la carnada para que cada quien entrara en la dinámica del sostenimiento del sistema.
Una percepción de la realidad del mercado.
El equilibrio trazado por la sociedad que era funcional en el siglo XX, se empieza a desdibujar en el momento en que la tecnología inicia la apropiación del sistema por un lado y cuando la misma dinámica de la deuda hace que el capital se concentre de modo inequitativo cada vez más en la punta de la pirámide, hecho que paradójicamente decoloró el concepto trazado y nombrado como clase media.
La tecnología subvirtió el concepto de producción. Hizo que todo fuera más veloz, más inmediato y más desechable. Lo cual se torna en un problema para la clase media trabajadora, quien al enfrentarse a la tecnología, pierde el dominio que creía tener sobre la mecanización. Se desploma la industrialización al momento en que pasamos a finales del siglo XX a la digitalización.
Hoy los trabajos son más exigentes en capacitación virtual y dominio de herramientas propias de este universo. Pensar, razonar o proponer alternativas de hacer las cosas, es cada vez menos posible. La digitalización ha sido más voraz que la máquina al remplazar al hombre por el sistema en todos los niveles laborales, sean estos profesionales o técnicos.
Se plantea, en función de la producción, mediciones por resultados puntuales, lo que hace excluyente al gran grueso de la población en edad de producción en la medida que son muy pocos los que están a la altura de las circunstancias de las demandas de este nuevo mercado laboral.
Consecuencia de ello, la clase media o clase obrera trabajadora ha ido engrosando el nivel de la base de la pirámide. Tanto profesionales, como técnicos y obreros, hoy son tratados en sus trabajos como obreros. Pocos privilegios, máxima exigencia en los resultados de su productividad y mayor riesgo de exclusión por la edad o por la falta de capacitación continua.
El efecto de esto es que tanto profesionales, como técnicos y obreros entraron en la dinámica del préstamo por fuera de los bancos, al ver que los bancos revaluaron sus políticas de prestamos al tasar los niveles de ingresos y los estilos de vida (también reconocidos como niveles de consumo en función del poder adquisitivo), donde los intereses de la usura se desbordan en la especulación del préstamo, al punto que si se mira con lupa, esta práctica cada vez más generalizada, se torna en el “cuenta gotas”, conocido y padecido por quien ha tenido que acudir a este.
La coyuntura surge en el momento en que la imposibilidad de sostener la deuda, sea esta con los bancos o con el “cuenta gotas”, a raíz de los fenómenos externos a los que está sometida una sociedad en la que aproximadamente el 30% de la población es obrera (personas que trabajan en el nivel profesional, técnico o asalariado con formación básica), el 67% es autónomo o se encuentra en la informalidad y el 3% hace parte de los accionistas o de los que tienen asegurada su rentabilidad financiera, entra en una falta de flujo de dinero que produce desaceleración en las actividades de los mercados, impagos y falta de flujo de dinero para solventar las dinámicas de consumo a las que se ha acostumbrado la sociedad.
Sumado a ello la crisis a la que nos ha sometido la pandemia, es como si esta hubiera sido la zancadilla que le faltaba a la realidad económica que nos circunda, para terminar de agudizar lo que el neoliberalismo había conseguido con sus políticas de libre mercado, permitiendo que los productos importados tuvieran menor valor que los productos y servicios producidos y ofrecidos por las empresas nacionales y locales.
Si me hago entender, el coctel de desajuste económico en el que se encuentra el país en este momento, más allá de toda la propaganda que se quiera compartir por diversos medios de comunicación y todas las redes sociales, es improcedente cuando usted se permite escuchar a quienes están en el centro del huracán lidiando con la iliquidez, la desaceleración de los mercados y las dificultades para sostener sus puestos de trabajo o encontrar un trabajo que brinde una estabilidad y perdure en el tiempo.
TIPS para no sufrir.
- Antes que atacar al Pacto Histórico o a Gustavo Petro, pregúntese políticamente ¿qué se están proponiendo otros candidatos en materia de política social?
- Denigrar de quien propone es la mejor forma de ocultar la incapacidad de mostrar un discurso propio, un discurso coherente y unas acciones que apunten a recuperar la estabilidad social a partir del flujo de la economía.
- Quién no comprenda la realidad actual del país, difícilmente podrá comprender la necesaria visión progresista que implica pensar en el trabajador, las fuentes de empleo, el manejo de la deuda y los estragos sociales a los que se han llegado con posiciones neoliberales desaforadas al servicio del capital.
- Entender que la clase media hoy es la clase obrera y que esta perdió el poder adquisitivo, lo cual hace que la sociedad esté cansada y en su agotamiento viva por sostenerse, nos libera del sofisma de distracción del gobierno actual que quiere hacer creer que todo está bien, que no hay otras formas de afrontar el problema, para salvaguardar los intereses y la estabilidad de quienes en este momento piensan que todo va a seguir igual y que el coletazo del desequilibrio social que se avecina, si no se dan soluciones a lo que está ocurriendo, no los va a afectar.
- Necesitamos un pacto histórico, un cambio en la cosmovisión social que permita comprender que Colombia aún hace parte de una sociedad agrícola, en la que la industrialización no tuvo mayor relevancia, mientras la digitalización la ha puesto en jaque, frente a las dinámicas del mercado global y nuestra adaptación en el ámbito laboral a esta.
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