Opinión | Dos visiones para un resultado inaplazable

La responsabilidad política va más allá de los discursos vacíos donde atacar al otro, asumir posiciones pendencieras y negar la realidad, se ha tornado en la costumbre con la que se instauró una visión paternalista en los últimos años de la historia de Colombia. Por encima de la sospecha, la manipulación y la falta de sensatez, es necesario acercarnos a la crítica del debate para comprender que no se trata de elegir a secas. Se trata de adaptarnos, de aportar y progresar en una sociedad que se asfixió en un sistema donde el miedo y la incapacidad de pensar de otro modo la ha petrificado en una iliquidez que la está conduciendo a un caos nunca experimentado.
Una visión conservadora.
Se nos olvida que lo constante es el cambio y que este trae consigo la adaptación. Pretender seguir igual que siempre o como antes, es tan ingenuo como el hecho de que un niño no quiera crecer porque no desea dejar a sus compañeritos del jardín donde se siente a gusto, es el centro de atención y conserva un liderazgo que poco le cuesta si las condiciones se le han presentado para que, con sus modos de obrar, todos prefieran dejarlo tranquilo, antes que tener que padecer sus mal llevados berrinches.
Tomarse la vida sin el real del cambio, hace que muchos adultos continúen anudados a sus padres, a pesar de vivir en casas diferentes. En ocasiones, son los mismos padres los responsables de este hecho por “exceso de amor”, o de modo crudo, por su misma imposibilidad de permitir que sus hijos sean independientes, debido a su exacerbada necesidad de control autoritario sobre ellos.
Lo usual de hijos con padres inseguros y autoritarios, es que estos terminan siendo el síntoma de sus padres. Ello se evidencia en la obediencia ciega que delata su incapacidad de tomar decisiones por sí mismos, de no correr riesgos para no defraudar a sus padres y de insistir en el statu quo para que todo siga igual.
Dicha simbiosis hace parasitaria cualquier posibilidad de construir algo diferente, al punto que se llega a pensar que la única forma de existir, actuar, pensar o producir, es la conocida, implementada y manejada por quienes han sido los proveedores de las ideas, los mecanismos de seguridad y los resultados económicos obtenidos en un tiempo, que a pesar de que él en sí mismo avanza, es percibido en esta estructura de pensamiento de modo inmutable.
El estancamiento de este tipo de manifestación familiar dentro de una sociología de la producción trae como consecuencia la imposibilidad de desarrollar el capital. A lo sumo, podrá ser útil para quien tenga recursos, a pesar de que la sostenibilidad de este sea cada vez más difícil, por las innegables características de la evolución. Por otra parte, para quien no cuenta con nada, se presenta la dolorosa condena latinoamericana de su pensamiento fatalista, donde muchos de los que hacen parte de la base de la pirámide, le trasmiten a sus hijos la idea de que “a sí lo quiso Dios y por ello no hay otra forma de vivir la vida”.
Ambas visiones hacen que una sociedad se estanque y corra el riesgo de deshojarse en un otoño y no vuelva a florecer en una nueva primavera.
Una visión progresista.
Si tenemos presente que lo constante es el cambio y que este impone la adaptación, es claro comprender que no podemos seguir como estamos, que tenemos que enfrentar el hecho de que Colombia ya no es la misma del siglo XX.
Por ejemplo, en Colombia ya no existen guerrillas. Hay disidencias, grupos al margen de la ley y narcotráfico, pero el fenómeno guerrillero causado por la desolación del pueblo después de la muerte de Gaitán, del reparto amañado de la “democracia” entre conservadores y liberales a través del Frente Nacional, de las consecuencias del fin de la Segunda Guerra Mundial y obviamente, los abusos de poder en la visión conservadora y clerical que aboga por la comodidad burguesa de quienes solapadamente se las arreglan para pasar por bondadosos mostrando una sonrisa impostada o saludando en nombre de Dios, develan el cambio inaplazable de un ejercicio de poder que fue el resultado de una acción desesperada de gobiernos disolutos que, por estar ocupados en sus intereses personales, no ejercieron la autoridad requerida en su momento que facilitó la idea de gobierno guerrerista, autorizado particularmente por el concepto de terrorismo que se construyó para poder vengar un atentado particular (y jamás aplaudible) a Estados Unidos.
En consecuencia, el enemigo creado por los azares de la historia y los desmanes de gobiernos moralistas, más no éticos, ya no existe en Colombia.
Si alguien falto de discurso pretende plantear en su incapacidad de análisis algún “rabo de paja” en un hecho histórico que evolucionó y de modo consecuente asumió que la democracia está en el ejercicio de la política y no en el uso de las armas, el autoritarismo, la dictadura o el miedo, tendrá que revisar cómo su visión conservadora de hijo obediente, hace existir al padre, aunque no esté de acuerdo con los fuetazos que este le da, pero se los aguanta con tal de que siempre termine mirándolo y diciéndole <<es que usted no me entiende mijo, pero yo lo quiero mucho>>, con el fin de que todo sigua igual, porque ambos le temen al cambio y ello los condena a no evolucionar.
En este orden de ideas, el real del cambio hace que miremos de frente el cambio climático, lo que implica, antes que llenarnos de miedo por pensar en cómo las formas de producción de energía que conocemos, las cuales hemos sostenido de manera tradicional, son responsables del desastre que nos está dejando sin planeta, nos lleva a pensar la tierra y nuestra sostenibilidad en ella de otro modo.
Nos corresponde en este momento histórico exigirnos una visión de la terraformación (Benjamin Bratton) y empaparnos de qué va “el diseño de una planetariedad viable”, sin embargo, la falta de compromiso social, el egoísmo de sostener las cosas como hasta ahora solo han funcionado para quienes les ha funcionado a toda costa y la falta de una visión política clara frente a la catástrofe que ya estamos vivenciando, hace que sea más fácil desviar la responsabilidad ética dentro del debate político hacia una mirada amañada de la economía, antes que permitirnos pensar en las formas de salvar lo que queda para nuestro futuro y cómo replantear los sistemas de producción que proporcione la sostenibilidad alimentaria para todos.
Por ello, es normal ver cómo a falta de propuestas medioambientales, solo hay sermones encargados de introducir cizaña, miedo y confusión, en lo que tendría que ser un compromiso social ético en relación a la creación de consciencia frente a la minería, la extracción de minerales y la migración económica y de sostenibilidad energética, por falta de visión y dominio del tema, o por la posición taimada para no comprometer los votos.
Una visión progresista y comprometida sabe que este tema es urgente, que demanda pensar la realidad de otro modo y que implica también reflexionar sobre el manejo del sistema de salud en Colombia, el cual es el ejemplo palpable de los accionistas, de los que no tienen rostro y se lucran del trabajo de los obreros de la salud y de las estadísticas de las enfermedades a través de atenciones y medicamentos que poco hacen por la enfermedad, pero que en la concepción fatalista que nos acompaña, se piensa que por lo menos hay salud en Colombia, cuando constitucionalmente está presente el derecho a una buena salud en Colombia.
Pero como nos ha acompañado la “falta general de instrucción o de conocimientos” por el excesivo respeto al padre y la incapacidad política de orientar en principios sociales, planteando verdades según las necesidades de protección del sistema, pensamos que seguir defendiendo una visión en la que las cosas no van bien, es la salvación, antes que asumir que el sistema en sí mismo ya está agotado, lo cual no permite comprender que la educación tiene que ser replanteada y adecuada a las demandas de una sociedad en la que los profesionales están cansados y las plazas laborales escasean para toda la sociedad.
Frente a la imposibilidad de creación de nuevas plazas de trabajo, para que la economía no revele su crisis, surge la estrategia del emprendimiento como solución autónoma que empuja al trabajo por horas, lo cual hace más precaria la realidad de quien trabaja y sostiene el sistema financiero, en relación a su seguridad social y su innegable exclusión de las prestaciones sociales. Lo paradójico es que el sistema brinda un nuevo beneficio como solución a la falta de políticas y propuestas de nuevos puestos de trabajo y de innovación, el endeudamiento para emprender.
El sistema de producción actual está causando estragos. Existe una crisis económica que no se quiere aceptar y se evidencia en las afecciones psicológicas del hombre del siglo XXI. La banalidad del sujeto solitario que no se llena con nada y que busca algo a qué aferrarse, permite que las redes sociales sean el espejo de su extimidad, antes que poder asumir que no tiene norte y su precio está sujeto al mejor postor. Lo peligroso de ello es que, en una sociedad conservadora, donde la soledad es el común, nadie sospecha la oligofrenia en la que se ha insumido la sociedad actual.
Una visión progresista es crítica, argumentativa, pone ejemplos concretos a problemas reales y da soluciones arriesgadas a necesidades inaplazables. Otras visiones se quedan sin discurso, lo cual hace típico el hecho de atacar a quien propone algo coherente en una búsqueda de soluciones a necesidades que a la luz de todos es innegable.
Sin embargo, quien no puede pensar por sí mismo, quien está sometido a la visión y reconocimiento del padre para pensar que solo así puede ser, quien no se ha formado para pensar de otro modo y cree que el tiempo y la historia son perpetuos, llega a vivir su existencia como el mono que metió su mano en la jaula para sacar una banana, desconociendo que esa era la trampa que le habían puesto los cazadores para poderlo atrapar. El final de la historia muestra claramente cómo el mono prefirió no soltar la banana, cómo tampoco se la pudo comer y cómo por aferrarse a su deseo perdió su libertad.
TIPS para no sufrir.
- La visión conservadora de la vida funciona siempre y cuando todo siga igual. En otras palabras, no presenta cambios, solo sostienen el statu quo. Lo delicado de ello es que a día de hoy, solo el cambio puede aportar a la contención del cambio climático y a la construcción de paz en un país que se acostumbró a la zozobra, la sospecha y a las actuaciones pendencieras en el poder.
- La historia presenta resultados sociales. No quererlos ver, es estar sumido en una incapacidad crítica propia del ser consciente.
- Estamos atrapados en una triple crisis que nos negamos aceptar: Climática (el cambio climático afecta absolutamente todos nuestros intereses y exige replantear nuestro estilo de vida), económica (el coletazo de la pandemia nos golpeará a todos con mucha fuerza a nivel global, no reconocer que hay que buscar nuevas alternativas a los sistemas de producción es condenarnos a una catástrofe incalculable dentro de lo que hemos podido superar históricamente hasta el momento) y psicológica (la vida cotidiana se ha fracturado, sus fisuras hacen que lo que se tenía por seguro se torne en incertidumbres: el sujeto, la pareja, los hijos y la familia enfrentan una resignificación subjetiva que no cuenta con coordenadas básicas que hacen que la desintegración subjetiva aflore en ansiedad, depresión, posiciones apocalípticas e imposibilidad de adaptación).
- Políticamente hay una responsabilidad social que exige afrontar y aliviar a una sociedad enferma: ¿quién está pensando en ello en el debate político actual?
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