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Opinión | La salud en espera: cuando el derecho fundamental se convierte en un calvario

Por Indira Yanes

Acceder a una cita médica hoy en día se ha convertido en una odisea digital y de trámites interminables. Las entidades promotoras de salud nos han remitido a plataformas web, aplicaciones móviles y procesos virtuales que prometen agilidad, pero que en la práctica terminan siendo muros infranqueables. El panorama es casi siempre el mismo: pantallas que se congelan, sistemas que arrojan error tras error o el ya conocido mensaje que frustra a miles de usuarios: “No hay agenda disponible en este momento”. Y cuando milagrosamente la plataforma cede y asigna una fecha, la respuesta suele ser una burla a la urgencia: una cita para dentro de cuatro, cinco o seis meses.

Como si el dolor supiera de calendarios o pudiera pausarse mientras el sistema abre cupo.

Esta barrera se vuelve aún más dolorosa e injusta cuando se analiza desde la perspectiva de las personas con discapacidad. Para una persona con movilidad reducida, limitación visual, auditiva o con una condición neurológica, el sistema de salud no solo es lento: es hostil y profundamente excluyente.

Las plataformas virtuales no están diseñadas con criterios reales de accesibilidad. Quien no puede navegar por un portal web complejo o no cuenta con la destreza o ayuda para refrescar una pantalla a la medianoche buscando un turno, queda inmediatamente rezagado. Y cuando se requiere la valoración prioritaria de un especialista —un fisiatra, un neurólogo, un ortopedista o un terapeuta—, el calvario se multiplica. Las demoras para estas citas no solo deterioran la calidad de vida de la persona, sino que en muchos casos provocan un retroceso irreversible en su estado de salud o en sus procesos de rehabilitación.

A esto se le suma la falta de empatía logística. Obligar a una persona con discapacidad o a su cuidador a desplazarse de un punto a otro solo para gestionar una autorización presencial —porque la plataforma volvió a fallar— es una falta de respeto hacia la dignidad humana. A la angustia propia de la condición médica se le añade el desgaste físico y económico de un sistema que parece diseñado para cansar al usuario hasta que este se rinda.

Tampoco podemos ignorar la deshumanización en el momento en que, tras meses de espera, por fin se logra entrar al consultorio. Enfrentar citas «expréss» donde el especialista apenas tiene tiempo para mirar la pantalla, digitar un diagnóstico apresurado y firmar la fórmula, deja al paciente con la sensación de no haber sido escuchado.

La crisis de la salud no se mide en frías cifras presupuestales; se mide en las horas de angustia de una familia, en el agotamiento de un cuidador y en el deterioro de un paciente que solo pide ser atendido a tiempo. Exigir plataformas accesibles, agendas reales, especialistas disponibles y un trato incluyente y digno no es un lujo ni un favor que nos conceden: es un derecho elemental.

¿Hasta cuándo tendremos que esperar para que el sistema entienda que la salud no da espera y que la dignidad humana no admite plazos ni excusas?

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