OPINIÓN

Opinión | El voto que deja de confiar

Por: Fabián Lora Méndez.

En política, no siempre pierde el candidato que no tiene buenas intenciones. A veces pierde, sencillamente, quien dejó de ser creíble.

Un dirigente puede tener un buen programa, verdaderos deseos de trabajar por su comunidad e incluso la intención de hacer las cosas bien. Pero existe un problema que ninguna propuesta puede resolver por sí sola: la desconfianza del ciudadano.

Y cuando el votante deja de creer, comienza a votar de otra manera.

No necesariamente vota por quien considera mejor preparado, ni por quien presenta las propuestas más sólidas. Muchas veces vota por otro, simplemente porque ya no confía en el primero. Porque siente que las promesas se repiten, que los compromisos aparecen solamente en época electoral y que, una vez conseguido el voto, el ciudadano vuelve a ocupar el último lugar de la agenda.

Ese es uno de los grandes problemas de nuestra política: se ha deteriorado la relación entre quien pide el voto y quien lo entrega.

El político pide confianza como si fuera un derecho adquirido. El ciudadano, en cambio, siente que tiene razones para concederla con reservas.

Y no basta con decir “créame”. La confianza no se exige: se construye.

Se construye cumpliendo la palabra, dando la cara cuando las cosas salen mal, explicando las decisiones, escuchando incluso a quienes no votaron por uno y demostrando con hechos que el interés público está por encima del interés personal o electoral.

También el dirigente debe entender que el ciudadano de hoy observa más, pregunta más y recuerda más. Ya no basta con una fotografía, un discurso emotivo o una promesa bien pronunciada. El votante quiere resultados y, sobre todo, coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Porque hay una verdad incómoda que muchos aspirantes prefieren ignorar: el problema no siempre está en que el elector no entienda la propuesta; puede estar en que ya no cree en quien la presenta.

Recuperar esa confianza exige mucho más que una campaña. Exige cambiar la manera de relacionarse con la ciudadanía.

El aspirante político tiene que dejar de mirar al votante únicamente como un número que debe sumar el día de las elecciones. Y el ciudadano necesita sentir que su voto no fue utilizado como un cheque en blanco.

La política debería volver a ser, ante todo, un pacto de confianza. Un pacto en el que el dirigente diga qué puede hacer, qué no puede hacer y qué está dispuesto a defender. Y en el que el ciudadano pueda evaluar, exigir y decidir libremente, sin presiones y sin sentirse nuevamente engañado.

Porque cuando un político pierde una elección, puede atribuir la derrota a muchas circunstancias. Pero cuando pierde la confianza de la gente, el problema es mucho más profundo. El voto se puede pedir en una campaña. La confianza, en cambio, hay que ganársela todos los días.

El ejercicio de la política no debería tratarse solamente de conseguir votos, sino de construir las razones para merecerlos. Un voto no debería ser el resultado de una promesa momentánea, de una estrategia de campaña o de una necesidad circunstancial; debería ser la consecuencia de la confianza que un dirigente ha sabido construir con su trayectoria, sus acciones y su manera de relacionarse con la comunidad.

Porque cuando un político consigue el voto, pero pierde la confianza, puede haber ganado una elección, pero ha perdido algo mucho más importante: la legitimidad ante su propia gente.

Recuperar esa confianza exige cercanía, escuchar al ciudadano, cumplir la palabra y demostrar con hechos que la política todavía puede ser una herramienta para servir y transformar. Solo cuando el dirigente deje de preguntarse únicamente “¿cómo consigo el voto?” y empiece a preguntarse “¿qué debo hacer para que la gente quiera volver a confiar en mí?”, podremos hablar de una verdadera reconciliación entre las dos caras de la política: el dirigente que quiere representar y el ciudadano que decide confiar.

 

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