OPINIÓN

Opinión | Mi amigo, el Grinch

Por Orlando Benítez Quintero

Tengo un amigo, sí, un amigo al que todos llaman el Grinch. En la casa, en el trabajo, en cualquier lado, siempre hay alguien que le suelta el apodo, entre carcajadas. Él se encoge de hombros y asiente, como si no le importara, pero yo sé que detrás de su indiferencia hay una razón, una historia.

El Grinch es ese personaje creado por el escritor estadounidense Dr. Seuss, famoso por odiar la Navidad. Vive aislado en una montaña, amargado por los recuerdos de una infancia difícil y por sentirse fuera de lugar. Pero, en el fondo, no odia esta época, sino lo que representa para él: algo que perdió hace mucho tiempo.

Mi amigo no siempre fue como ahora. Cuando era un pelao, vivía la Navidad con una alegría semejante de quienes la gozan. La casa de los abuelos era un mundo aparte: el olor a natilla, pasteles y buñuelos recién hechos, juegos, luces que parpadeaban como si cantaran, bailes con las tías, los villancicos que se cantaban con más ganas que talento, y la familia reunida, sin excusas ni ausencias -sin cama pa’ tanta gente-. Todo era mágico, me cuenta con un dejo de nostalgia que lo traiciona.

Con el tiempo, todo cambió. Los abuelos ya no están, las reuniones se hicieron menos frecuentes, y el árbol dejó de salir de su caja. Mi amigo, como tantos, se encerró en su coraza. Aprendió a decir que la Navidad era puro comercio y bulla, como si negarla le ayudara a olvidar todo lo que extrañaba. Así fue como terminó ganándose el apodo de Grinch.

Pero todo cambió cuando llegó un niño a su vida. Una persona que, con sus ojos grandes y su capacidad de asombrarse, le recordó lo que había perdido. “Cuando lo vi emocionado con el árbol de la casa, con las luces en un centro comercial, algo se me movió adentro”, me confesó. Desde entonces, mi amigo volvió a colgar luces, ayudar a decorar un árbol y hasta cantar villancicos. Ahora, la Navidad en su casa es para ese pequeño, pero también, un poco, para él mismo.

El otro día, me lo dijo entre risas: “Me vi comiéndome un buñuelo, mirando las luces del árbol, y entendí que no odio la Navidad. Lo que pasa es que la extrañaba”.

Sé que muchos dirán que ese amigo soy yo. No puedo asegurarlo. Pero si lo fuera, quizá en este diciembre les diría: feliz Navidad.

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Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de Panorama del San Jorge o del director.

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