
Mis recuerdos de cuando era una colegiala me traen mucha nostalgia, tal vez y creo que a todos nos pasa, solo queríamos crecer rápido para ser grandes y “hacer todo lo que quisiéramos” sin tener clara la noción de que estábamos viviendo la mejor época de nuestras vidas. Inevitablemente se vienen a la memoria los profes que marcaron esa época, para bien casi todos y de ingrata recordación unos pocos.
“Saquen una hoja”, “los de atrás se separan”, “ese grupito que se está riendo que pase adelante y nos cuenta el chiste a ver si nos reímos todos” son frases que nos traen recuerdos de esa bella etapa de nuestras vidas, en donde el único estrés era hacer las tareas para poder salir a jugar con nuestros amigos del barrio.
En esa época al maestro se le respetaba y si llamaban al padre de familia por alguna falta del estudiante, la reprimenda o la fuetera era fija, en los hogares estaban pendientes de los hijos, de las tareas y también de la presentación personal de los estudiantes. La disciplina era estricta y nos enseñaron con ello a ser respetuosos y responsables.
Sin embargo, ser maestros hoy a cambiado mucho y, aunque el rol del maestro sigue siendo de mucha importancia, ya no se le da el respeto y el respaldo que su cargo amerita. Ser maestros hoy es vivir con el temor de llamar la atención a un estudiante y que esto sea visto como un acto de violencia e intolerancia; o de escribir una nota en su cuaderno por mala conducta o por no llevar tareas, y que sea visto como una violación a sus derechos.
Ser maestros hoy es poner una calificación deficiente o reprobar a un estudiante y ser tachado de no haber explicado bien o de estar persiguiendo al estudiante; es vivir con el temor de que un niño se caiga en el recreo y que se le haga responsable de ser negligente; o de sentirse culpable por no poder ir trabajar por una emergencia médica o una calamidad familiar y ser señalado como irresponsable.
Ser maestros hoy es vivir en un punto de quiebre constante porque hechos o palabras inventadas en su contra, puedan ser tomadas como verdad, afectando con ello su integridad personal y profesional, sin contar con el respaldo de las autoridades educativas, porque, aunque en su trayectoria de sepa de su integridad y de su idoneidad profesional, nadie quiere estar en problemas ajenos.
Estas realidades son difíciles de decir y de enfrentar, pero es la vivencia diaria de miles de maestros que aman su vocación y que lo hacen con todo el compromiso y la responsabilidad que su deber conlleva.
Para todos los maestros un abrazo y mi reconocimiento para tan meritoria labor.
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