OPINIÓN

Opinión | Sin querer queriendo, ha desaparecido el humor en Colombia

Por Marcos Velásquez.

En teatro, la taquilla se abre sin haber vendido una boleta.  Solo está presente el deseo del director de la obra, quien, usualmente es el mismo dramaturgo, a quien la más de las veces, le ha tocado alquilar el teatro, escoger los actores, ensayar con ellos, actuar en la obra, responder por toda la producción, poner en la taquilla a alguien de su confianza que, no solo, no se vaya con el dinero de las entradas, sino que, le responda por el número de entradas que realmente se vendieron, mientras él está en las tablas actuando.

Antes de la puesta en escena de la obra, realmente no hay expectativas, ni mayor credibilidad por ella. Solo el dramaturgo la conoce, a lo sumo, esta nace de un acto catártico en el que él sublima todo el drama de una parte de su vida, donde a través de él, refleja la compleja extimidad de la humanidad, lo que hace que algo intimo se torne en un reflejo en el que, quienes asisten a dicha obra, se terminen identificando con la historia.

Casi siempre, al salir de la obra, los asistentes hablan de la actuación de uno u otro actor, porque su representación escénica fue conmovedora y pocas veces, citan un parlamento que les tocó su intimidad.

También sucede que, alguno de los asistentes es sorprendido por su inseguridad, cuando su pareja o quien lo acompaña a la obra, exalta las características de quien actúa, sintiendo que ello amenaza su imagen o pone en peligro su nudo de amor, porque siente que, quien alaba, encontró en quien actúa, el ideal que el inseguro no porta.

Lo cierto es que el dramaturgo, cuando escribe y actúa, sabe que está representando a la humanidad.  De igual modo, un psicoanalista, cuando escucha a un paciente, gracias a su propio análisis, sabe que en la sesión del analizante, lo que está en juego es el sufrimiento humano.

Actuar y psicoanalizar son dos trabajos en los que la ética, tomada como responder al acto, está presente.  Es decir, no hay impostura.  Solo se es.

Cuando un actor o un psicoanalista toman la decisión de dejar su acto, para asumir la responsabilidad social que impone defender los intereses de la humanidad, que no son otros que la libertad, la igualdad (con las justas proporciones que esta representa, sin entrar a distorsionar la palabra en sí misma) y la fraternidad, en tanto posibilidad de convivir en un lazo social en el que la paz como respeto y reconocimiento del otro sea posible, es porque el confort intelectual no puede estar por encima de la dignidad humana, en un mundo donde la banalidad del mal cada vez carcome con mayor fiereza las posibilidades de vivir dignamente.

Lo particular de Colombia hoy es que, sin notarlo, se ha vivido en un discurso fascista, donde quienes lo escenifican políticamente, terminan contagiando con su discurso inscrito en la posverdad y su propaganda nacionalista, un odio que hace cada vez más difícil vivir en sociedad.

Al no poder comprender que las causas del conflicto en Colombia han sido consecuencias de actos centrados en el egoísmo y al continuar insistiendo en la defensa de sus intereses, los cuales niegan el bien común, han logrado contagiar a la sociedad, haciendo desaparecer el humor en Colombia.

Se ha perdido en el país la capacidad racional de construir la risa, de generar un chiste donde se represente la naturaleza humana como reflejo de: “a todos nos puede pasar y no pasa nada”, llegando ahora a convivir con una necesidad enfermiza de burlarnos del otro a partir de sus inconsistencias, sus imposibilidades, sus defectos, sus incapacidades e incluso, de sus propias desgracias personales o familiares.

El discurso fascista ha logrado calar tanto que, pasamos de las masacres donde la indiferencia y la indolencia nos protegió del dolor colectivo, a banalizar el sufrimiento, la presencia y la dignidad humana, a partir de representaciones gráficas en las que ya no hay humor, sino odio hacia el otro.

Asistimos a una sociedad que El Chapulín Colorado podría definir como: “Cría cuervos y tendrás cuervitos, pero cría burros y esos sí te sacaran los ojos».  Ya no hay risa, por si no lo han notado, pero sí estamos llenos de odio, por si no lo han dejado.

Quizá por ello, los actores están dejando las tablas.  Porque ya no hay quien aplauda en las obras de teatro y, aunque los tomates están caros, no falta el que va a la obra a desperdiciarlos, tirándoselos a los actores, preso de sus celos, dado que, “sin querer queriendo”, estos también están en su acto, produciendo y proyectando odio hacia quien tendría que reírse y aplaudir su magistral representación.

CODA

Por otra parte, Yo, en tanto psicoanalista, a mi edad y con la suma de mis naufragios, los cuales me permiten valorar la vida, perseverar en la comprensión de sus enigmas y hacer de mi acto de escritor un drama que busca representar una comedia, insisto en la humanidad como posibilidad y en la vida, como trabajo que permita anudar el lazo social, en tanto mecanismo que disminuya el sufrimiento humano y haga más llevadero lo imposible del amor.

Por ello, más allá de cualquier pacto político en la historia actual, me asumo político en acto, partiendo de mi deseo de construir un futuro de paz total para mis hijos y las nuevas generaciones, al presenciar tanto odio en el discurso político y tanto egoísmo y soledad común en nuestra sociedad.

Ello no me exime claro está, del hecho de que, aunque todavía no se ha “abierto la taquilla” de mi obra, ya ha habido intentos de tomatazos para mi acto, al igual que pensamientos o miradas de odio hacia mi persona, lo cual recibo como alago, dado que, sin pronunciar el primer discurso y disfrutando del anonimato en mi escucha callejera, ya hay quien se incomoda con mi sombra.

Yo solo vengo a ofrecer mi visión de lazo social, a proponer soluciones a una sociedad que, “sin querer queriendo”, cada vez se aleja más de lo social y se centra en lo material, olvidando que “en casa de herrero, se amanece más temprano”, porque quien crea que ser ungido hace una representación, no sabe que ni el acto mismo te salva de ser actor.

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