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Reflexión dominical: Tenga compostura con los demás y con usted mismo

Hay que vivir con rectitud, hacer gala de una buena dosis de compostura y jamás aparentar. ¡No trate mal a nadie!

Muchas personas se dejan llevar fácilmente por las emociones negativas y por eso no son capaces de controlar sus reacciones. Es decir, actúan de una forma equivocada o grosera y ni siquiera respetan las mínimas normas de convivencia, de respeto o de cordialidad.

Hay quienes, en medio de un simple intercambio de puntos de vista, terminan agrediéndose con palabras, groserías y maltratos. Eso les ocurre porque, por lo general, tienen un gran cúmulo de emociones que no son capaces de gestionar correctamente y, así las cosas, pierden la compostura.

Ya sea en el trabajo, en el hogar o en la calle, estas personas no saben guardar mesura ni la menor dosis de moderación.

De manera desafortunada, en medio de nuestra cotidianidad, nos solemos encontrar con gente que atropella con la forma de ser y de hablar. Y uno de los rasgos más distintivos de nuestra época, que va en contra de una sana forma de ser, es la chabacanería que reina por doquier.

¡Ojo con eso! Quien sabe comportarse ante cualquier situación no solo se valora a sí mismo, además empieza a ser respetado por los demás.

La grosería suele propagarse por doquier. Si no aprendemos a comportarnos, no podemos exigir respeto de parte de los demás.
Todas las personas tenemos la obligación de actuar con recato y decencia, más allá del puesto que ocupemos o de la situación en la que nos encontremos. Es más, si se tiene la dignidad de un cargo, sea público o privado, se debe hacer acopio de amabilidad y seriedad porque la conducta está inevitablemente unida por la relevancia del papel o de la función que se desempeña.

Actúe con altura y dignidad en todos los momentos: cuando hable o cuando calle, cuando trabaje o cuando descanse, cuando ame o cuando deje de amar, en fin…

¿Cómo lograr esa especie de acicalamiento a la hora de comportarse?

Es solo cuestión de prestar atención a cómo se siente; es decir, si a la hora de hablar o de relacionarse con alguien se siente molesto e incluso percibe una mala vibra, entienda que sí podrá sobrellevar ese momento.

La tolerancia y el respeto son claves en este propósito. De paso, no deje que una fea reacción lo haga ver como grosero; ante todo dese tiempo para mantenerse sereno. Cuando consiga ese balance, su vida mejorará considerablemente y estará preparado para lo que le suceda.

La esencia en la vida no radica en los aplausos que le dan los demás, ni en la mayor o menor cantidad de dinero que gane, sino en su propia satisfacción personal por lo que hace, lo cual depende de la mayor o menor capacidad de servicio y de tolerancia.

Mírese con objetividad y sinceridad para ver cómo se comporta a su alrededor: ¿Es amable y empático? Lo verdaderamente importante es que lo que haga sea por convicción o por la sencilla satisfacción de servir. ¡Dios lo bendiga!

Por: Euclides Kilô Ardila

 

 

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