Opinión | En tu tierra grillo, aunque sea en un pie
Por Marcos Velásquez.
La realidad actual no es más apremiante, porque más, ya sería el caos. Y no lo digo a nombre de enunciar un discurso apocalíptico, sino para hacer un llamado a la sensatez política de nuestro país.
El 9 de abril, conmemoramos el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas del Conflicto, de acuerdo con el artículo 142 de la Ley 1448 de 2011.
Ello responde a la trágica realidad que atravesamos por ponernos a defender territorios, donde la guerrilla quería imponer a la fuerza, un saqueo continuo a la propiedad privada, y los propietarios de esta se defendieron, sin percatarse del caldo de cultivo que traía esa disputa.
Gracias a las masacres, que trajeron destierro, desplazamiento forzado, orfandad, viudez, pobreza, desapariciones, resentimiento y, en una palabra, miseria para nuestra sociedad, hoy las víctimas continúan sintiéndose solas, algunas desprotegidas, otras abandonadas, y casi todas, burladas en sus derechos fundamentales.
En ese momento histórico de nuestro país, llegamos a pensar que el problema era causado por una disputa de ideologías. Pero hoy está más que claro: todo el tiempo ha sido una lucha por el poder, donde, lo que menos importa es el ciudadano, y sí el control de los recursos de la nación, para proponer un ideal que, como todo ideal, cuando se cae, solo queda lidiar con la realidad, por cruda que parezca.
Y aunque suene a broma, creo que todos los que hemos tenido una relación de pareja, un matrimonio, podemos comprender con claridad qué es lo que pasa cuando las mieles del amor se agotan y tenemos que compartir, sin el velo y la fiesta, el día a día del pago de los servicios públicos, mercar y sacar tiempo para descansar.
Las víctimas de nuestro país están tan vulnerables, tan desatendidas, que pueden caer en el error de insistir en los ideales, desviando la atención de lo crucial: para poder construir ideales, se requiere dinero. Y si no se sabe producir dinero, toda empresa, por bella que se nos presente, tiene un solo fin: el fracaso.
Y prefiero centrarme en el tema que me atañe, dado que muchas parejas hoy están sintiendo el estrés de la realidad y luchan para no colapsar en su intento, como patadas de ahorcado.
Hoy, las víctimas necesitan, a la luz de mi modo de pensar, ser renombradas.
Han de pasar de la estigmatización de la miseria de la palabra víctima, a la valoración de su energía vital, que las ha llevado a ser sobrevivientes.
Ojalá las pudiéramos llamar sobrevivientes. Y antes que seguir conmemorándolas, las estuviéramos exaltando por sus logros como sobrevivientes de una realidad que, aunque en sus pensamientos no muere el recuerdo de lo vivido y en su corazón no callan los gritos, el sonido de las pisadas de los que entran y de los que huyen, el inclemente ruido de las balas de diferentes calibres y armas, el olor de la sangre y las lagrimas que ya se han secado en la resignación, deberíamos estar aplaudiendo su arte, su capacidad de superar lo real y alegrándoles su salud financiera, comprándoles sus productos.
Lo he planteado a cielo abierto.
Más que ceremonias, himnos y discursos, que no a todos convocan, deberíamos regocijarnos con los sobrevivientes a través de un bazar de comidas típicas de su región.
En ese acto, les damos la palabra a ellos y la potestad para que ellos mismos nos cuenten cómo preparan sus alimentos, cómo cultivan sus ingredientes o cómo los consiguen y, en el calor de la conversación, si ellos se lo permiten, nuestros oídos se prestan para que a través de sus palabras, hagan catarsis de su dolor.
Creo que esto los reivindica, les ayuda a curar su dolor, aunque no puedan olvidar lo vivido. Como también, esto incentiva el turismo gastronómico, y con él, se mejoran las ventas de todos sus productos, porque con sus capacidades, sé que pueden producir lo que ellos se propongan.
Hoy, a raíz de lo que estamos viviendo con el fenómeno del Niño, quien pone de manifiesto que el cambio climático es un real ineludible, capacitarlos y darles las herramientas para montar un vivero de especies nativas certificado, ayudaría a mostrarnos a todos, cómo el trabajo conjunto permite superar, a través de acciones concretas y objetivos comunes, realidades que nadie quiere vivir.
Un vivero es una opción, donde se elige la superación, es una elección donde se trabaja, se siembra y abona paz para la humanidad. Es un ejemplo de acto de paz concreto, de perdón, en el sentido en que cultivar, es generar vida para todos.
Esto también permite, sin entrar en disputas ideológicas, comprender que, en poca tierra se puede hacer la reforma agraria, si se cuenta con las herramientas para transformar la materia prima, que es hasta donde siempre llega el esfuerzo de nuestros campesinos.
Producir, tecnificar, transformar y aprender a valorar el trabajo en invernaderos tropicales, permite mayor control de la realidad de la producción agrícola, de algunos productos, en tiempos de desorden climático, de escases de agua.
La reforma agraria del siglo XXI, se ha de enfocar de manera sensata y ajustada, a las circunstancias de cada familia de los sobrevivientes, para que ellas puedan, de modo concreto, alimentarse, vender sus productos transformados, educar a sus hijos con una visión agrícola y pecuaria, buscando con este acto evitar la despoblación de nuestro territorio rural, a causa del desorden social que dejó la confrontación armada de dos bandos que buscan el poder y no la paz.
Hoy somos responsables nuevamente, de hacer en este día, un aporte, para que todos los sobrevivientes del conflicto armado en Colombia, que son de ambos bandos, vuelvan a creer en su país, en sus leyes y en sus gobiernos. Esto solo se puede lograr, a través de un discurso que llame a la unidad.
Por ello, los invito a todos a valorar la vida, a trabajar por ella, a comprender que el valor del trabajo tiene un plus, el de respirar con alegría por el deber cumplido, y antes de entrar en confrontaciones ideológicas, donde quieren matizar, a través del discurso los intereses, victimizando a las víctimas y aguzando el odio, caer en cuenta que los sobrevivientes si saben por qué quieren la paz, y tienen presente, después de la perdida y el peso de la impotencia, que a lo sumo, todo este conflicto de tierras y territorio, se puede resolver, como reza nuestro adagio popular: “En tu tierra grillo, aunque sea en un pie”.




