OPINIÓN

Opinión | Ojalá en esta navidad, la familia otra vez

Por Marcos Velásquez.

 Nostalgia de la tradición perdida.

A parte de las presiones económicas de un año que termina envuelto en una inflación global, entramos ahora en unas fiestas decembrinas que, por lo demás, nunca he podido comprender por qué, sí culturalmente en su mayoría, la población colombiana es católica, nos permitimos dejarnos envolver en una sociedad de consumo donde, sin tener cuatro estaciones y no contar con una flora de bosques de coníferas representativa, terminamos decorando nuestros hogares, a fuerza de imitación y presión social, y obviamente, del sistema consumista actual, con una ambientación de invierno que posee visos de nieve, acompañado de un árbol de pino que tiene en su cima, una estrella gigante, y sus ramas están llenas de pelotas de colores, mientras sus hojas, están plagadas de escarcha.

Que yo recuerde, lo nuestro, por el cristianismo generalizado, era la fiesta de elaborar el pesebre con los elementos que tuviéramos a la mano, y ante todo, poder hacer la choza más rupestre y similar a un verdadero establo humilde, para que el día de la noche buena, pudiéramos poner al divino niño, teniendo presente que, quienes no podían faltar, desde el inicio de la decoración, eran los fieles reyes magos que, con paciencia, nos recordaban que al llegar esa hora, aparecerían los regalos.  En un principio, debajo de la cama, y con el paso del tiempo, según íbamos creciendo, al lado del pesebre.

El por qué del ritual.

Nos cuesta aceptarlo, pero, la gran mayoría termina montando la “navidad”, más por un compromiso social, que por una razón espiritual en la que, su ritual nos acerca reflexivamente a la fe, al perdón, y con ello, poder tomar aliento para seguir intentando con esperanza, la construcción de una vida que, reconociendo que no es perfecta, nos brinda matices de felicidad y sorbos espontáneos de alegría, de tanto en tanto.

Nuestra valoración del presente.

En un presente que, para la mayoría está lleno de incertidumbres, lo cual pasa factura de cobro en casi todos los lazos sociales existentes, empezando por el más íntimo, como es el de la pareja, es oportuno en estos tiempos, centrarnos más en cómo está nuestro presente espiritual, o si lo prefiere, reflexivo, que en esa exigente muestra consumista que nos impone, antes que disfrutar en familia, exteriorizar la capacidad de demostrar al otro que “se tiene navidad”, aunque ella esté vacía de lo esencial.

Es oportuno recordar que, cada día que pasa, no retorna.  Lo crudo del presente que transitamos es que, mientras nos preocupamos por producir, para tener, se nos están yendo los días creyendo que, con tener y llenar materialmente las imposibilidades de consolidar un ideal, la más de las veces creado de modo artificial por una sociedad de consumo, el sentido de la vida se nos diluye entre la insatisfacción, la queja y el generalizado malestar que nos procuramos, por prestar atención a lo que no tenemos, dejando inadvertido todo con lo que contamos.

Pensar de modo sencillo.

Ojalá pudiéramos retomar lo esencial de unas fechas tan complejas, por la carga afectiva tan alta, que últimamente la sociedad de consumo les ha otorgado.

Volver a la cena de navidad, compartir la natilla con buñuelos, dar una vuelta por el parque central, o en los lugares más urbanos, por el centro comercial de la localidad, para darle la bienvenida al “estrene del año”, si es que existe, y si no, solo para hacer un poco de tiempo a la llegada de la hora en que se comparte la cena, un brindis y se reparten los abrazos.

La vida es más simple de lo que imaginamos, sin embargo, hemos permitido que nos la complejicen.  Permitámonos revisar cuáles son nuestros ideales, aclarar qué estamos haciendo para edificarlos, y sobre todo, si el consto que estamos pagando para materializarlos, amerita el esfuerzo que estamos haciendo, en ocasiones, sacrificando lo más cercano: la familia.

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