OPINIÓN

Opinión | Duelo

Por Orlando Benítez Quintero*

Hay derrotas que duran noventa minutos y otras que tardan varios días en irse. La eliminación de Colombia del Mundial es de las segundas.

El pasado 7 de julio, desde muy temprano, vi en el centro de Montería muchas más camisetas de la Selección que de costumbre. Cientos de personas caminaban, abrían sus negocios o esperaban el transporte, de amarillo. Originales o réplicas, daba igual. Compartían la misma ilusión.

Estuve a punto de ir por la mía. Me sentí apátrida por no hacerlo, pero mantuve mi ritual: vestirla únicamente cuando comienza el partido. El fútbol nos vuelve supersticiosos. Cada aficionado tiene sus cábalas, convencido de que también juega desde la tribuna, la sala de su casa o la esquina. Ahí tenemos al DT Néstor Lorenzo, fiel a su camisa marrón de diminutos cuadros.

Lo ocurrido esa tarde de martes “cívico” frente a Suiza fue mucho más que una derrota. En 120 minutos y una tanda de penales, el país pasó de la euforia al duelo colectivo. El sociólogo Émile Durkheim llamó “efervescencia colectiva” a esos momentos en los que una comunidad comparte emociones y fortalece su sentido de pertenencia. Pocas expresiones representan mejor ese concepto en Colombia que un partido de la Selección.

Durante varias semanas el Mundial nos regaló una tregua. Las diferencias, las preocupaciones y las discusiones habituales quedaron relegadas, al menos durante la previa, el partido y el pos partido. Todos queríamos lo mismo: un gol más, un triunfo más, un paso más hacia el sueño.

Pero el fútbol también sabe despertarnos de golpe. Gol del Vargas para Suiza, otra eliminación y regreso a la misma conversación: polarización, incertidumbre y problemas cotidianos. El país volvió a ser el de siempre, solo que con un poco menos de ilusión.

¿Y si cambiáramos la pasión por el fútbol por la del tejo, donde quizá tendríamos menos rivales y más opciones de celebrar? No va a pasar. Bastará que vuelva a jugar Colombia para desempolvar la camiseta, reunirnos frente al televisor y creer otra vez.

El escritor Eduardo Galeano llamó al fútbol “la única religión que no tiene ateos”. Tal vez por eso una derrota no se queda en la cancha: se instala en la conversación, en el ánimo y en esa extraña tristeza de seguir viendo el Mundial sin la Tricolor.

Ese es el verdadero duelo. El Mundial sigue, pero ya no es el mismo. Aun así, sabemos que la fe volverá con el próximo partido, porque durante noventa minutos dejamos de ser millones de colombianos para convertirnos, simplemente, en Colombia.

*Jefe de programa de Comunicación Social – Unisinú

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