Córdoba no necesita ciudadanos que idolatren el poder; necesita ciudadanos que lo vigilen.
Córdoba es un departamento privilegiado. La fertilidad de sus tierras, la riqueza de sus ríos, la fortaleza de su gente y el talento de sus hombres y mujeres nos recuerdan cada día que poseemos todo lo necesario para convertirnos en una de las regiones más prósperas de Colombia. Sin embargo, existe una realidad que debería inquietarnos: con demasiada frecuencia confundimos el respeto por nuestros gobernantes con la obligación de defenderlos incondicionalmente.
Las democracias no se debilitan de un día para otro. Su deterioro comienza cuando los ciudadanos renuncian al ejercicio crítico de su libertad y sustituyen el juicio por la obediencia. Esa es la esencia de lo que el pensador francés denominó, hace casi cinco siglos, la servidumbre voluntaria.
En Córdoba hemos convertido la política, en ocasiones, en un escenario de lealtades personales más que de compromisos con los principios. Elegimos mandatarios para administrar los asuntos públicos, pero algunos ciudadanos terminan comportándose como si hubieran elegido salvadores. Si una decisión resulta acertada, se presenta como prueba de infalibilidad; si es equivocada, siempre aparece una justificación para evitar cualquier cuestionamiento. El fanatismo político sustituye la objetividad por la fidelidad incondicional, y el debate público deja de girar en torno a las ideas para centrarse en la defensa de personas. Cuando eso ocurre, el poder deja de entenderse como un servicio y comienza a percibirse como un privilegio.
Las consecuencias de esa cultura son profundas. La democracia fue concebida para limitar el poder, no para idolatrarlo. Un alcalde, un gobernador, un concejal, un diputado, un congresista o un presidente necesitan ciudadanos libres, críticos y responsables, no seguidores incondicionales. Las políticas públicas no deberían medirse por la emoción que despierta un discurso ni por la popularidad de un dirigente, sino por los resultados que producen: hospitales que funcionen, escuelas que formen ciudadanos, carreteras que impulsen el desarrollo, seguridad que proteja la vida y oportunidades que perduren mucho después de terminar un periodo de gobierno. Cuando dejamos de exigir cuentas porque una autoridad «es de los nuestros», el mayor perjudicado no es un partido político: es el futuro de Córdoba.
Nuestro propio escudo departamental guarda una enseñanza que merece ser recordada. Sobre la orla tricolor aparece la expresión latina Omnia per ipsum facta sunt, tomada del (1:3) en la traducción latina de la Vulgata realizada por . Su significado original —»Todas las cosas fueron hechas por medio de Él»— proclama la soberanía de Dios y recuerda que ninguna autoridad humana es absoluta. Más allá de las distintas interpretaciones históricas que haya recibido este lema, el mensaje permanece vigente: el poder es temporal y el ser humano nunca debe ocupar el lugar que solo corresponde al Creador. Nuestros símbolos nos invitan a la humildad, no a la idolatría; al servicio, no al culto de la personalidad.
Quizá el mayor desafío de Córdoba no consista únicamente en construir más infraestructura o atraer mayores inversiones. Nuestro reto también es fortalecer una cultura ciudadana en la que el voto no sea un acto de fe, sino una decisión responsable, y donde el respaldo a un gobernante jamás implique renunciar al derecho de exigir transparencia, eficiencia y resultados. Los gobernantes pasarán; las instituciones permanecerán. Las obras bien hechas beneficiarán a varias generaciones, pero también los errores, la indiferencia y el silencio dejarán huellas difíciles de borrar. El verdadero progreso comienza cuando comprendemos que el desarrollo de un departamento depende tanto de la calidad de sus dirigentes como del compromiso de sus ciudadanos.
Sueño con una Córdoba donde el orgullo no nazca de la cercanía con un gobernante, sino de la fortaleza de sus instituciones y del carácter de su gente. Una Córdoba donde el aplauso sea el reconocimiento al deber cumplido y nunca un cheque en blanco para el poder. Una Córdoba donde nuestros hijos aprendan que la democracia no se defiende con fanatismo, sino con criterio; no con obediencia ciega, sino con participación responsable; no con el culto a los hombres, sino con el respeto por los principios.
Los gobernantes pasarán. Córdoba permanecerá. Nuestra lealtad, por tanto, debe estar siempre con la verdad, con las instituciones y con el bien común. Solo así dejaremos atrás la servidumbre voluntaria y construiremos el departamento digno, libre y próspero que todos anhelamos.




