OPINIÓN

Opinión | Mercenarios de la palabra

Por Orlando Benítez Quintero

Las redes sociales son el escenario donde algunos se creen con el derecho de acabar con la honra de cualquiera. Señalan, juzgan y condenan sin pruebas, como si tener seguidores o un simple espacio digital les otorgara una autoridad que nadie les ha dado. En Colombia, el odio se volvió espectáculo, la humillación se viraliza y una mentira puede hacer en segundos un daño que ni mil rectificaciones reparan.

No me sorprenden tanto los insultos de quienes escriben barbaridades entre faltas de ortografía, errores gramaticales y atropellos a la sintaxis que harían revolcar a Cervantes. Me preocupan más los otros. Los que estudiaron, los que conocen el poder de las palabras, aquellos a quienes alguna vez admiramos por su creatividad, su buena pluma o su talento para contar historias.

Algunos cambiaron el rigor por la militancia, la independencia por la conveniencia y el periodismo por el activismo a sueldo. Se sienten jueces, fiscales y verdugos. Dictan sentencias desde una pantalla y, cuando el daño está hecho, pasan tranquilamente a buscar su próxima víctima.

¿En qué momento confundimos la libertad de expresión con una licencia para destruir la honra ajena?

Y hay algo todavía más miserable: la violencia contra las mujeres. La misoginia disfrazada de humor, las insinuaciones sobre su intimidad y los ataques personales para desacreditarlas. Naciones Unidas ha señalado que el 38 % de las mujeres han sufrido violencia en línea. Pensemos que detrás de esas cifras hay personas, familias y reputaciones expuestas al escarnio público. Ninguna diferencia política justifica semejante degradación.

Quienes hemos ejercido este hermoso oficio sabemos que investigar no es inventar, cuestionar no es calumniar y opinar no significa renunciar a la responsabilidad. La libertad de prensa es demasiado valiosa para convertirla en coartada de intereses políticos o económicos.

Por supuesto que los poderosos deben ser vigilados, criticados y denunciados. Sin contemplaciones. Pero con hechos, pruebas y respeto por la dignidad humana. Eso distingue al periodista del mercenario de reputaciones.

Triste ver cómo algunas personas que fueron referentes del oficio terminan convertidas en aquello que alguna vez cuestionaron. Y que nadie venga a decir que todo vale porque estamos en redes sociales.

La honra no se recupera con un comunicado ni con una rectificación escondida entre publicaciones. Hay heridas que permanecen cuando el escándalo ya pasó.

La palabra tiene poder. Precisamente por eso, quien la utiliza para destruir también debe responder por ella.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba