La muerte ronda cada vez más cerca de cada uno de nosotros, es imperceptible y se escurre como las sombras cuando aparece la luz, pero, no nos descuidemos, está muy cerca, tanto que, tal vez no la podamos distinguir, porque se camufla muy bien y se disfraza de vecino, socio de negocios, amigos e incluso de familia.
Qué pasa por la mente de una persona que, aparentemente es normal, y de un momento a otro se convierte en asesino, cuáles son los mecanismos que se le activan en su interior para acabar con la vida de otro ser humano, de una manera atroz, sin remordimientos y sin sentir ninguna pisca de empatía por el dolor ajeno.
Con estupor recibimos la noticia del vil asesinato de tres seres humanos valiosos, trabajadores, que además son padres, hijos, esposos y cuya desaparición ha dejado una huella indeleble en la sociedad cordobesa y sucreña. Nada justifica un asesinato, cometido con sevicia y premeditación, nada. Y aunque el daño causado contra las familias de Esteban Urueta, Fredys Beleño y Gerardo Marzola, ya está hecho, si es justo que los actores del crimen paguen una condena ejemplar tras las rejas.
Volviendo a los rasgos que acompañan a los autores de este tipo de atrocidades, refleja en ellos egocentrismo y narcisismo, personas que se sienten superiores y se consideran que están por encima de los demás, que son incapaces de asumir el punto de vista de otras personas, y que consideran que las consecuencias de sus actos nunca los van a alcanzar. Tienen pobreza emocional, son unos discapacitados emotivos, y en muchas ocasiones no miden el alcance de sus acciones ya que actúan de manera impulsiva y carecen de autocontrol.
Como sociedad cabría hacernos la reflexión, sobre nuestro aporte a que estas situaciones no sigan pasando, ya que, somos responsables del mundo en que vivimos, algunos en mayor medida que otros, pero, todos somos responsable de construir tejido social firme y sano; educando en valores desde nuestros hogares, con nuestros hijos; estos niños que desde pequeños están recibiendo una dosis muy fuerte del todo vale, del aparentar y del tener a toda costa sin importar las consecuencias. Una cultura mafiosa.
Estamos en una sociedad enferma y ya va siendo hora que pongamos un pare a toda esta parafernalia de indolencia y la de premiar al avivato, ya que es posible que terminemos siendo víctimas también de toda esta enfermedad social que nos carcome.





