Opinión | La moral ingrata

Por Marcos Velásquez.
Los tiempos que corren.
El exceso de moral está cercenando al país. A falta de argumentos, la nueva oposición solo cuenta con “ver la paja en el ojo ajeno, desconociendo la viga en el propio”.
A estas alturas de la realidad política y social nuestra, que no está exenta del coletazo de la crisis económica global que ya está mostrando sus primeros visos, hay que ponerse la mano en el corazón, no para una imagen publicitaria, sino para resolver problemas socioeconómicos, que pueden enrarecer más los tiempos que corren.
Una visión económica.
Aunque un porcentaje menor de la población colombiana se encuentra económicamente bien, a pesar de tener un grado de ansiedad alto por los temores que le genera un gobierno contrario a lo que estaban acostumbrados a lidiar, la clase media, que en otros escritos he expuesto cómo ha ido desapareciendo, y la base de la pirámide, no lo están pasando también.
No es el gobierno actual el responsable de las crisis personales que hace que la ansiedad y la imaginaria creencia de poder controlar los hilos de la economía, lleven a algunas personas a sacar su dinero del país, para invertirlo en Estados Unidos, por ser el país hegemónico del sistema capitalista, desconociendo singularmente, que dicho país y dicho sistema, están en el momento de declive de su esplendor.
El siglo XX nos vendió una visión económica en la que la clase media sería la encargada de surgir y sostener el sistema a punta de deuda y consumo, sin embargo, el desarrollo de la tecnología, el avance de la era de la inteligencia artificial, la pandemia y la reciente guerra de Rusia contra Ucrania, han trastocado los planes, poniendo en jaque a nivel global la economía que ya venía tambaleando, gracias a la dinámica especulativa que estalló en 2008 en manos de los bancos norteamericanos.
Vivir realidades con las que no se contaban.
Si la derecha hubiera hecho las cosas tan bien como pretenden algunos defender, la voz del pueblo no hubiera votado a favor de un gobierno que, por más máculas que se le quiera señalar, está en el poder implementando una visión de gobierno social, que busca frenar una crisis mayor a la que ya se cocía, al pensar que con solo decir: “Qu’ils mangent de la brioche”, como lo hizo la princesa francesa en la crisis donde los campesinos no tenían pan, ya podían resolver los avatares que empezaban a circundar en la clase media de este país.
El número de suicidios en Colombia en diferentes estratos socioeconómicos, el estrés laboral, la crisis económica, personal y familiar de quienes por diferentes circunstancias empresariales salieron de sus empleos, y no se han podido volver a emplear, los emprendimientos que inician, pero se quedan en el camino por las dificultades actuales del mercado y el lento, cuando no, nulo, flujo de caja.
Cada una de estas historias de colombianos que, sin contar con relaciones públicas y obrando dentro de lo que para nuestra moral está bien, han ido socavando una depresión silente, en una sociedad en la que la clase media ha empezado a vivir realidades, que sólo pensaba que se vivía, en la base de la pirámide.
Nuestra propia historia.
Se habla de oportunidad cuando se ha invertido en educación o se han hecho préstamos para sacar adelante una idea de negocio. En niveles socioeconómicos, donde la educación no es una prioridad, debido a que es percibida como inalcanzable, y donde los préstamos con los bancos ni se discuten, por no tener con qué empeñar el salario al pago de intereses mensuales, porque se vive del diario, se habla de suerte.
En ambos casos, se está pensando en ese golpe de suerte que permita que todo se dé, y que todo fluya, a favor del deseo de crecer económicamente.
En nuestra sociedad occidental, influenciada por el sistema capitalista, es más fácil seguir pensando en cómo hacer dinero, que en esperar a creer en un gobierno que realmente lidere las necesidades de una sociedad que, desde siempre ha estado en inequidad de oportunidades y servicios.
Resalto así que, en Colombia, más que pensar en subsidios, el ciudadano está acostumbrado a querer tener dinero, lo que implica que sabe que para ello, en el mejor de los casos, tiene que hacer algo: trabajar.
Por ello, se torna irrisoria la alaraca que arman algunos representantes de la nueva oposición, con sus patadas de ahorcado y su actitud bluf, al no encontrar de qué pegarse para hacer algún señalamiento contra el actual gobierno, sin notar ingenuamente que lo que logran con ello, es desmantelarse por sí mismos, evidenciando lo ya reiterado, su falta de discurso, y claro, sus verdaderos deseos egoístas y mezquinos.
Por ejemplo, lo que está sucediendo en Argentina, si realmente fuéramos buenos en Colombia, como nuestra moral lo dice, los gobiernos anteriores tendrían que estar más que en silencio y cruzando sus dedos. Y lo de Perú, que es consecuencia de decisiones desesperadas, a falta de un líder natural que enrute con buena visión la necesidad de su sociedad, a partir de soluciones concretas a esta, no es nuevo, hace parte del desgaste político en el que se encuentra ese país hace años.
En ambos casos, son historias que distan del proceso político, social y electoral de nuestro país.
En Colombia, tenemos nuestra propia historia, la cual se encuentra en un momento en el que se juega una visión social obligada, para que el postcapitalismo entre a favorecer a nuestra sociedad, antes de que esta sucumba, por el exceso de la moral ingrata que nos ha gobernado.




